jueves, 5 de junio de 2014

EL DON IMPASIBLE O COMO NO PARECER AL BORDE DEL ATAQUE DE NERVIOS

El monarca, acertadamente, deja paso.
Frente a quienes oponen la mala elección del momento, habida cuenta lo de Cataluña, la incertidumbre respecto al liderazgo en el —por el momento— principal partido de la oposición, republicano en principio; o la acrecida —cierta, viniendo de la nada, pero más que relativa en realidad— del más zafio y bananero populismo; el convaleciente estado de la economía y esa tremenda cifra casi impertérrita de parados, entre otras alegrías; frente a todos esos argumentos que ponderan la inoportunidad, cabe aducir, a bote pronto, no ya el conocido aforismo según el cual todo es susceptible de empeorar, por demás cierto, sino que siendo todo lo señalado más confiable a la experiencia del viejo rey, siguiendo ese criterio, será sin duda siempre mejor tenerlo vivo y capaz junto al joven monarca y habiendo elegido ambos el momento preciso del intercambio de trastos, que lidiar con el que determinasen por su cuenta el azar y la dama de la guadaña  —dangereuse liaison ésta, que uno desea que se olvide de S.M., por lo menos hasta poder empatarles a sus reales parientas británicas.
Acertadamente pues, nos deja a su heredero, libre de toda mácula a pesar de lo advenido en los últimos tiempos, con buen predicamento entre la mayoría no especialmente adepta a la III República, más serio y menos carismático que su predecesor en la línea sucesoria pero, por lo visto y oído de él, con más mimbres que aquél para afrontar lo que venga, siempre que lo que venga no sea un tsunami político imparable para él y para el mismísimo Julio César.
Y aunque así fuera, no cabe duda de la poca o nula responsabilidad que cabría atribuir a quien no ha de tener ninguna con carácter ejecutivo y, por tanto, determinante a la hora de encarar lo que viniese.
A pesar de todo, algunas dudas quedan respecto a nuestro inminente Felipe VI, claro, como no podría ser de otro modo. Aunque siempre serán menores que las que suscitaba Juan Carlos I, llamado El Breve, quizá desde su proclamación hasta aquella madrugada del 23 de febrero, en que todo el país le atribuyó, voz publicada mediante, la firmeza al timón, la prudencia y la pericia, inéditas hasta entonces, para detener la insania cuartelera sobrevenida (pero esa es harina de otro costal).
El monarca abdica, acertadamente, cuando todavía es posible suponer entre las bancadas parlamentarias suficiente sentido de estado, acaso mero sentido común, o incluso sólo el pedestre y muy básico instinto de supervivencia, como para pactar con diligencia la ley orgánica requerida para la sucesión, con los votos necesarios para ello y sin enredarse ni dejarse enredar.
No hay más que ver cómo el líder (o así) de IU, don Cayo Lara, quien aun sin haber frecuentado nunca especialmente aquellos buenos sentidos, viéndose ahora rebasado de zurdas por los pudientes, sin pensárselo se ha encaramado a la higuera y desde allí arriba nos ha brindado su particular salto del ángel: a saber, que la disyuntiva que plantea la sucesión, es la de Monarquía o Democracia.
Hay que ser zote, ágrafo, sectario y mal nacido (por desagradecido). Porque podrá decir con todo derecho que adora la República como forma de Estado ­­—entre otras razones, porque de la de sus amores, ignora todo cuanto no conviene a su sectarismo falaz— pero lo que no puede con dignidad es negarle a la monarquía parlamentaria las libertades y el (más que perfectible) orden democrático, del que fueron sus correligionarios los primeros beneficiarios. Sistema democrático que nos trajo la corona y la derecha disidente o descreída del franquismo, fundamentalmente, con la impagable colaboración del PC de don Santiago Carrillo, que no se echó a las plazas como esa amalgama de desnortados, casposos y resentidos, que no pintaron un rábano entonces —porque de haber pintado estábamos todavía en las cavernas.
Nivel, categoría, luces, agudeza, ponderación, altura de miras, libertad de pensamiento, curiosidad histórica, bagaje.
De todo ello carece este sandio, y no quiero decir el supervasco que se pone una ensaimada por tocado, don Iñaki Anasagasti —del que dicen que una vez tuvo una idea, aunque no supo expresarla— o la máquina de perder espacio político y elecciones que es el actual Muy Honorable (O Así).
Todos encaramándose, reptando, ansiosamente rampantes hasta la copa de la higuera, para vocear a toda prisa aquello que se le ocurriría al más simplón de sus afiliados, al más cortito de su cuadrilla.
Una cuestión de nivel, Maribel.
La República es un régimen político tan cabal o tan contrario a la equidad como acierten a construirlo sus ciudadanos, líderes mediante. En España, por mero desconocimiento de la que fue su última versión, la Segunda, también por sectarismo y mala fe de quienes no aceptan la parte de responsabilidad de sus afines totalitarios en el fiasco acaecido con ella, ese sistema político, de momento no podrá ser tan neutral y universal para sus ciudadanos como sería exigible, para poder dirimir en él las diferencias políticas y producirse la común alternancia democrática.
Y eso es así, por desgracia.
Por esa pertinaz cerrilidad de quienes ahora la pretenden sin ningún respaldo electoral. Sólo al flamear de banderas con un explícito afán de revanchacomo don Cayo. Siempre azuzando, ahora con  los que pueden al frente, con la vieja murga incesante de reparar, a costa de otros, los supuestos agravios. Una y otra vez llenando plazas con su muestrario de yagas y resentimiento. Porque de eso viven.
Todo lo cual, al final sería ruido que acabaría por extinguirse, más pronto que tarde, a no ser que prosperara en el primer partido de la oposición —y eso sería lo preocupante, muy extraviado y ayuno de ideas, muy descolocado tras tanto varapalo en las urnas, la tentación de escorarse zapateramente a la izquierda, hollando sobre las mismas pisadas que los trajeron hasta aquí. La tentación de abrazarse al oso y buscar sus peces, no en el caladero de los que quieren trabajo y estabilidad, horizonte para los suyos cuanto antes, sino de aquellos otros que por no tener apoyos suficientes, ni lejanamente, tienen bien poco que perder en el barullo.
La tentación, por falta de alguna cosa seria que proponer. De echar tinta, en una fuga hacia adelante por no afrontar el gravoso legado zapateril y, en tal caso, muy lejos de hacerse el ánimo de atravesar el desierto, con paciencia y una clara intención de regresar siendo un partido sobrio, sereno, con propuestas distinguibles y muy renovadas; en fin, un partido de gobierno, pero muy muy actualizado.
Quizá la pretensión de ocupar espacios que ni son suyos ni lo serán: por ejemplo, reivindicando su carácter republicano, precisamente ahora, con la que está cayendo, tirando de esa vena retroprogre, incendiaria de salón, que es en sus portadores como una adolescencia crónica, por mal curada.
De hasta qué punto andan peligrosamente zombis, da cuenta el espectáculo de estos días atrás, justo antes de que la abdicación los dejara en silencio y rumiantes.
Me adelanté por poco a lo que hoy parece una realidad: la fulgurante ascensión de Dña. Nadie a las más altas cimas del partido:


Cómo estará el predio, para que, efectivamente, junto al esquinado varón Madina, se haya convertido en la gran esperanza hembra del partido, una señora que hasta la fecha nada ha dicho digno de recordarse. A la otra señora que fue ministra de defensa por estar preñada, ni mentarla. ¿Con qué bagaje, pues? ¿Con qué propuestas? 
¡Pero please...! Quién necesita fondo de armario habiendo federalismo y III República.
Y a los paisanos, que les den. Porque propuestas pensando en el alivio del paganini, ni una. Por cierto, ¿nadie por esas alfombras ha oído hablar del flagrante chuleo de las grandes corporaciones de este país con los ciudadanos, que además son sus clientes?
Zapatero fue el santón de las politiquerías a libre calzón y, es muy de temer, que esa inconsciencia fatal, esa irresponsabilidad suicida, vuelva a cabalgar desbocada con otro jinete chalado a sus lomos o con una amazona sin el menor fuste (que no fusta).
Y para el final, los alegres tacañones.
Contando votos de diferencia con sus perplejos vecinos, más catatónicos que serenos ellos, y con esa funesta inercia que les trae desde la pasada legislatura en la oposición: la resistencia. Que como decía don Camilo, en este país, el que resiste gana.
Hacer un gesto, decir algo nada relevante como es costumbre, existir mismamente son riesgos todos inasumibles en Génova. Veánse si no, las pasadas elecciones, aquel debate ruinoso, precisamente por soltar la sinhueso tontamente.
Moverse, resollar, un leve tic, pueden ser una debacle.
Obsérvese con qué hierática naturalidad se desenvuelve la Sra. Cospedal, la alegre secretaria general de este magno funeral. Repárese en el transilvano ministro de hacienda, si pueden soportar sus terroríficos silencios o sus procaces gallos.
Si los conmilitones del chamuscado Rubalcaba viven sin vivir en ellos, a éstos les lleva la bruma como si fueran la familia Adams. 
Tecnócratas ojerosos.
Se dice que Suárez exigió a su equipo de la Moncloa limpieza de papeles en los despachos. Allí no se iba a ver números. Ellos estaban para hacer política. Lo otro, la brega con los asuntos, para los subsecretarios y los ministros de lo concreto.
Ahora cualquier etólogo que pretendiera estudiar cómo se desenvuelven los azules en su charca, no tendría más remedio que alterar su ecosistema desescombrándolos del alud de sus gráficas. 
Aquí no hemos venido para hacer política.
Aquí nos vaciamos pintando gráficas y gráficas y gráficas…
Se nos va el presupuesto en papel milimetrado, oye.
Pero resistiendo, la mar de bien. 

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