lunes, 7 de abril de 2014

HER: CIENCIA FICCION, PERO CON BIGOTE

Debo a Arcadi Espada la lectura de algunos libros de verdadero interés que encontré citados en sus artículos y no me decepcionaron. La temática, genéricamente considerada, podríamos encuadrarla en una suerte de filosofía de la ciencia.
La última vez que seguí la estela de alguna de sus sugerencias, por otra parte nunca explícitas en sus artículos, fue al decidirme por una de tantas películas con algún interés, de pronto agolpadas tras la pertinaz sequía en las carteleras: Her, la película de Spike Jonze protagonizada por Joaquin Phoenix. 
Es verdad que esto último me ayudó definitivamente a elegirla. La presencia de ese actor en una película es un marchamo de calidad. Y sus personajes vienen siendo descomunales construcciones interpretativas. Seguramente por eso Hollywood lo ignora. Allí sigue pesando mucho para los galardones protagonistas, haber perdido o ganado veinte kilos para el papel. También las taras bien llevadas son muy valoradas. Costumbres.
Si en su última película, The Master, de Paul Thomas Anderson, compartiendo protagonismo con otro grande el recientemente hallado muerto en su apartamento neoyorquino, Philip Seymour Hoffman nos mostraba una vez más un excelente trabajo cargado de primeros planos desasosegantes, de una demencial violencia contenida y con aquel contrapunto de sumisión ante el líder sectario, excelentemente recreado en todas sus facetas por otro espléndido Hoffman, desgraciada e inopinadamente en uno de sus últimos papeles, ahora, en la reciente Her, puede decirse que la cámara apenas se aparta de Phoenix algún instante.
En este caso, la réplica se la da una voz, la de Scarlett Johansson  Inés Blázquez doblándola por primera vez para este film, con un magnífico trabajo cuyos méritos desconozco pero que, como al soldado el valor, en el caso de la Johansson debemos suponerle el talento en offNo debe ser nada fácil interpretar al vacío, sin presencia ni ambientación en la que apoyarte a lo largo de toda una cinta, pero menos debe serlo con una agobiante cámara en casi permanente primerísimo plano contigo, como en el caso de Phoenix, durante medio rodaje.
La historia, del propio Spike Jonze, sí que ha sido valorada, tanto en los Oscar como en los Globos de Oro; en ambos casos ganadora del galardón al mejor guión original, como también lo ha sido en los premios anuales de los críticos de cine. Sí que fue premiada como mejor película y mejor dirección en los prestigiosos National Board Of Review
Esta es una película de ciencia ficción, pero menos. La película sitúa los hechos en lo que podemos suponer un futuro dentro de veinticinco o treinta años, como máximo. Los exteriores, bien elegidos y muy bien fotografiados como toda la cinta en general por H. Van Hoytema, nos muestran una ciudad Los Angeles por sus interiores, es decir, establecimientos y espacios urbanos de recreo que nos resultan asumibles hoy, aunque se hayan elegido arquitecturas más o menos vanguardistas. Reconforta el optimismo de Jonze, que nos hace saber que la gente todavía va a la playa y se expone al sol tumbada en la arena; también que lo hace básicamente vestida al efecto, con la misma contenida facticidad de hoy. O sea, que todavía no es obligatoria la exposición de mondongos y colgajos al sol.
Por lo demás, se trata de una historia de amor. Una historia de desamor, también; de soledad y desolación entre gentes encerradas en sus micromundos, semiincomunicadas, si bien rodeadas de toda suerte de juguetes avanzados, por otra parte muy comunicativos: interactividad huera.
Lo distintivo de la historia es que la relación amorosa, con todo su recorrido imaginable, es la que se produce entre un señor (con bigote), Joaquin Phoenix en el papel de Theodore Twombly y un sistema operativo, una voz de mujer en realidad, elegida con ese sexo por el propio Theodore, obviamente heterosexual. Un sistema operativo que le procura una ella que, alternativamente, atendiendo a la situación, bien se comporta casi como una geisha, bien como la mejor de las secretarias imaginables. Una especie de superyó atento, eficaz, comprensivo y... cada vez más cercano y necesario, más omnipresente en la vida de Theodore. 
Algo muy importante es que además aprende. Ella cambia, evoluciona con él. Va readaptándose en el intercambio con el humano en general.
No hay en todo ello nada que no nos encaje, que no nos parezca la consecuencia natural de la situación previa de Theodore y de unos tiempos nada remotos para el observador actual. Spike Jonze nos introduce en la historia con maestría, entre detalles que nos van permitiendo conocer a un hombre corriente, diríamos un oficinista, empleado como escribidor de cartas para terceros. Cartas con un contenido sentimental, cuando no amoroso, muy solicitadas al parecer para ocasiones diversas: cumpleaños, declaraciones amorosas, despedidas, por clientes que pagan por esos servicios íntimos a su empresa. Un trabajo creativo para el que está muy cualificado. Una vieja profesión la suya en realidad, en tiempos pretéritos obligada muchas veces, entre otras razones más específicas por el analfabetismo imperante, y aquí reconvertida en una industria que no nos puede parecer inverosímil, a poco que miremos a nuestro alrededor con interés y razonemos algunas consecuencias de lo que vemos y oímos.
Borges se maravillaba a su paso por los EEUU en los años setenta o quizá los ochenta, por que se impartieran clases de conversación básica, de primer contacto, para adolescentes que parecían inarticulados verbalmente y a quienes, por ello, resultaban muy complicados los estadios iniciales del trato con sus semejantes, los básicos para no permanecer silenciosos y aislados.
Para no entrar en detalles y destripar la película, se trata de una historia de amor muy bien contada, demorada y detallista, siempre creíble como consecuencia natural de lo ya conocido y extrapolable, efectivamente el tipo de relaciones cortoplacistas, sincopadas, telefónicas que comienzan siendo estimulantes por su novedad o incluso su arbitrariedad, sexo telefónico o por skype con amigas o amigos conocidos un día en internet o en un viaje real, pero avecindados en Sebastopol un sitio ahora muy popular, por tanto casi virtuales en sus vidas que, curiosamente, en la excelente Her son relaciones que parecen interesarse por versiones más camp e intentar regresar al siempre pegajoso intercambio de fluidos como posibilidad a explorar.
Y el detalle incómodo, algo inquietante: ¿por qué lleva bigote Theodore? Cuál es el porqué de ese anacrónico bigote, nada habitual pasados los años ochenta del lejano siglo XX. Un bigote que no es para nada común, como ocurre hoy, entre la gente que podemos ver en las contadas ocasiones en que hay un plano amplio y poblado. ¿Nos quiere anclar al personaje, con ese bigote, no muy lejos de nuestros días o de nuestro universo fisonómico? ¿Es un moderno el tal Theodore o justamente lo contrario?
Salvo ese bigote tan prosaico y alejado de la ficción futurista al uso, con la inolvidable excepción de Blade Runner, la joya de Ridley Scott a medias con Vangelis, donde cabía todo, la cinta se sigue con una enorme naturalidad, como algo que tenemos ahí, a la vuelta de la esquina.
Hay que ver cómo se mueve Phoenix, no ya en los invasivos planos cortos, habituales con él, sino igualmente en esos planos medios, su caminar tan distinto aquí y en The Master, la composición tan contrastada y alejada, en ambos casos genial, de este tipo del que habrá que estar muy pendiente porque vienen dos nuevas pelis con él de protagonista y, buena, muy buena pinta:
Inherente Vice (2014), de nuevo con Paul Thomas Anderson y un reparto que incluye en papeles menores a Benicio del Toro y a Sean Penn.
Y El sueño de Ellis (The Immigrant. 2013), de James Gray, con el que Phoenix ya ha hecho varias, y que se aproxima a los avatares de aquella masiva inmigración a los USA durante los primeros años del siglo pasado y los años previos y posteriores a la II Guerra Mundial. Con la consiguiente cuarentena en Ellis Island, caso de enfermedad. NY tan al alcance de la vista, pero tan lejano todavía. El peso y la incertidumbre de una posible deportación, siempre presentes.

P.S. El museo más emocionante que conozco es precisamente ese que hay en Ellis Island, testimonio franco de la inmigracióntambién por franqueza como quizá sólo saben ser con sus trapos sucios los americanos de aquellas mareas humanas que llegaron, incesantes, barco tras barco, a NY.  

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