jueves, 3 de abril de 2014

FUERON CUATRO, SÍ.

La muerte de Adolfo Suárez, hace unos días, sus honras fúnebres desde el Congreso de los Diputados, la revisitación generalizada en los medios escritos y audiovisuales de aquellos días turbulentos de su presidencia y, en fin, la elevación ―merecida seguramente― de su figura al rango de héroe nacional, de prócer de la democracia y autor de la transición ―junto al rey, aunque quizá con una determinación mucho mayor: su sola determinación, si creyéramos a Pilar Urbano.
Todo ello y la ignorancia o la displicencia de tantos comentaristas en los medios hablando de la presencia en esos actos de los tres ex-presidentes de la democracia, me ha hecho revisar un libro leído en el año de su publicación, 1990, junio, Memoria viva de la transición, escrito precisamente por quien estos días se ha visto tan ninguneado, presidente sucesor del ahora honrado, con quien se dice que acabó aquella etapa de la transición, sin embargo revivida cada poco en nuestros días, puesta en solfa, discutida, como esos finados que acaban gozando de una salud excelente.
Leopoldo Calvo-Sotelo, el cuarto descontado que también fue presidente, aunque por un periodo más breve, sí ―juró el cargo ante el rey el 26 de febrero del 81 y le relevó Felipe González en noviembre del 82― pero tan cargado políticamente como esclarecedor pasados los años y las legislaturas de uno y otro signo, respecto a cómo fueron las cosas entonces, cómo quedan hoy retratados algunos de sus protagonistas y cómo hasta se pudo empezar a barruntar ya entonces el pedrisco que pronto acaecería: el sillón a cualquier precio, la falta de ética y de ejemplaridad en el cargo, el transfuguismo, la partitocracia, la judicialización de la política, la corrupción, la impunidad, la berrea nacional...
En el desaparecido Diario 16 del 23 de febrero que, de haber sido asiduos, podrían haber leído Tejero y quienes esa misma tarde entrarían armados en el Congreso, Pedro J., su director, escribía: "Una de las mejores cosas que podría decirse de la etapa que ahora inicia Calvo-Sotelo es que sirvió para que los socialistas llegaran al poder en un clima de consolidación y asentamiento."
El primer momio de su mandato pues, este de la alegría de ser el inamovible puente hacia quienes habían vapuleado sin miramientos al falangista de su antecesor y a los fachas de su partido.
Pero sólo el primero. Habrían innumerables para quien, aunque ministro con el último gobierno de Arias y todos los de Suárez, salvo el posterior a las elecciones del 77, en realidad era un técnico llegado del mundo empresarial ―rara avis en ese oficio, como también por su preparación, su cultura y por ser políglota, a pesar de ser presidente―, sin una gran vocación política según propia y creíble confesión, tras lo narrado en esa crónica.
Además, con la condición de barón pero sin familia política ―un pastor sin rebaño― en una UCD donde todo eran barones con sus respectivas familias o familiones. Hoy diríamos un verso suelto, en aquella agrupación de intereses por sectores que era la UCD, y que el mismo Calvo-Sotelo compararía con el remache que sujeta las varillas del amplio abanico, en este caso político, que albergaban sus filas.
Tras la tejerada fallida, tan confusa hasta hoy por mor de los muchos silencios pactados y de aquel juicio oscuro y tutelado, efectivamente consolidación y asentamiento serían, como no podía ser de otro modo, las prioridades del nuevo gobierno. Las palabras normalizar y normalización las recordarán seguro quienes tuvieran entonces una edad suficiente, como invariables coletillas añadidas sin excepción a cualquier speech político cotidiano.
En aquellos días que ya no bañarán las mismas aguas como sabemos desde Heráclito, rara era la persona que decía algo positivo de Calvo-Sotelo, incluido el que esto escribe, también tan otro. Fue un presidente impopular desde aquel primer 26 de febrero de su mandato. Como él sabía perfectamente y ni se hacía ilusiones, ni tenía alguna secreta,  reservada para más allá del horizonte de aquella legislatura que ya promediaba cuando él relevó a Suarez, carecía completamente de aquello tan valorado entonces: el carisma. Una cualidad que, de otorgársele demasiada consideración, resultaba sin embargo tan nociva como pronto habríamos de enterarnos en este país, entonces por completo desapercibido de las funestas consecuencias que entrañaban la credulidad ciega de ese caudillismo inercial y los abusos a que conduciría.
El carisma le era definitivamente ajeno, pero tenia sobradamente todo lo demás para ser un buen presidente. Especialmente en un tiempo de profunda crisis económica y política: Ingeniero de Caminos ―de aquellos― con experiencia al más alto nivel ejecutivo en la empresa privada, concretamente en Unión Explosivos Riotinto, el mayor grupo industrial español a la sazón; experiencia política en primera línea de los acontecimientos en una etapa cargada con tantos cruciales: desde los postreros coletazos del franquismo boqueante del último gobierno de Arias Navarro al inmediato cambio de régimen; experimentado negociador allí donde se dirimía la integración de España en las CCEE, de la que venía siendo el verdadero impulsor desde su puesto de Ministro ―inédito― para las Relaciones con las Comunidades Europeas, cartera con la que había hecho senda por las cancillerías, los foros y los lobbys europeos pertinentes para la causa ―y camino que dejaría bien trillado tras su puentazgo, a mayor gloria de su sucesor, atento como siempre a capitalizar cualquier buena noticia como autor de ella; en este caso el ingreso, cuando se alcanzó, en las CCEE―. Por último, tenía un apellido azul, con resonancias históricas, que daba serenidad a los que entonces más temían, porque eran quienes habían tenido todo el poder y, por tanto, todo que perder.
Pero en aquellos días que ya no bañarán... etcétera, no encontrabas a nadie que simpatizara con aquel hombre tan poco simpático. Y tan aparentemente falto de sentido del humor, siendo persona tan leída, tan escribida e incluso tan interpretada, pues tocaba el piano, al parecer fluidamente.
Un muermo, un señor tan pulcro en la expresión, tan sobrio de ademanes en sus comparecencias, con aquellos discursos tan abrochados y puntillosos, como incapaz de transmitir el menor entusiasmo: siempre una presencia la suya, con una ostensible aura de provisionalidad, como una de esas semanas lluviosas que sabes condenada a aclararse y escampar.
Tiempo andando, ya luciendo el sol socialista y retirado él de la política, hubo semanalmente una parodia en la radio, creo que en el programa matinal de Antonio Herrero, en la que un imitador hacía de Suárez y otro de Calvo-Sotelo. Suárez en vividor y dicharachero, como agente y mentor de un Leopoldo, nada menos que aspirante a contador de chistes. Lo contaba primero y, después, a petición de Suárez que lo animaba y lo jaleaba por su gracejo natural, acababa explicándolo: "La gracia de este chiste estriba...", decía D. Leopoldo y resultaba hilarante, antes de comenzar la explicación del chiste, solamente ya por lo contradictorios, lo rechinantes que resultaban juntos, su tono habitual y la idea misma de hacer gracia.
Y, sin embargo, pasado el tiempo, leyendo ahora sus propios comentarios sobre aquel exiguo periodo ―de Suárez a Gonzalez―, sin el ruido de entonces, todavía próximo, ni la fanfarria del momento soleado de los días de su edición (¿alguna vez habrá por estos pagos un tiempo calmo y riguroso, razonable?), sin los prejuicios que se habían extendido y sobrevivido hasta aquel 1990, desde la virulencia política iniciada con el gobierno Suárez  ―quizá desde la moción de censura presentada contra él―, propalada desde los medios y una oposición más que encelada divisando ya las playas de su desembarco; separando pues el trigo de la paja en esta segunda visita, libre de propagandas y con el conocimiento de lo que después vendría; comparado aquel gobierno bienal, último de la UCD, tantas veces presentando por la oposición como un (des) gobierno de penenes, colmo de la inutilidad, de la incapacidad, y a Calvo-Sotelo como la cima de la futilidad presidencial; considerando el periodo desde tanta distancia como la que significan más de treinta años, no hay la menor duda a mi juicio: la comparación es estrepitósamente favorable para el chistoso don Leopoldo y su gobierno de penenes heredados de Suárez, que él mantuvo en su mayoría, como signo de continuidad.
Ello incluso a cuestas con aquel lamentable episodio del "bichito que si se cae de la mesa se mata" ―ministro de sanidad dixit―. Un bichito respondón que resultaría ser un envenenamiento masivo causado por el aceite de colza previamente mezclado con aceites no aptos para el consumo humano, o quién sabe qué otros. Un triste asunto muy torpemente conducido por el gobierno, naturalmente tratado con la proverbial delicadeza de la oposición en asuntos sensibles, pese a no saber por dónde iban los tiros hasta el momento de saberse todo, finalmente. Pero que dio para masacrar al gobierno y prepararle la traca final.
Sin embargo, fue probablemente el de Calvo-Sotelo el último gobierno tras el cambio de régimen que no hizo cálculos partidistas y antepuso los intereses generales, con mayor o menor acierto en los asuntos como venía haciendo su predecesor ―gran político para la alta política, mal gestor del día a día―, equivocadamente o no, pero mirando siempre por el bien general del país aun a costa de la opinión contraria que suscitaran hacia su persona las decisiones a tomar.
Con su final se inauguró el tiempo de la partitocracia en España.
A ese respecto, don Leopoldo lo tuvo fácil, por tener "un Grupo Parlamentario enfermo de transfuguismo", con sus propias palabras. Algunos ministros y no sólo ministros le aguantaban en el cargo, midiendo bien el momento del abandono, mientras iban informando a la oposición del PSOE o de AP, según las personas los intereses y los casos, del último detalle hablado o decidido en los sanedrines ucederos o en el mismísimo Consejo de Ministros. Casos palmarios, paradigmáticos del transfuguismo según Calvo Sotelo, fueron, en direcciones opuestas,  los de Fernández Ordóñez hacia la izquierda y Herrero de Miñón (presidiendo, mientras fraguaba el salto, el Grupo Parlamentario de UCD) hacia la derecha de Fraga.
El de Calvo-Sotelo fue un gobierno de tránsito, sin expectativas, que hizo un trabajo aseado, a pesar de los muchos y duros palos que le cruzaron en las ruedas de su gestión. Que hizo lo que había que hacer, dejando después el poder a los socialistas, en una transición impecable.
La entrada en la OTAN fue un ejemplo de ello. Con el estamento militar en un momento difícil, había que entrar en la alianza de las democracias occidentales, compañeros naturales de viaje, de quienes había mucho que aprender y nada que temer. Y lo hicieron, pese a la enconadísima resistencia del mismo PSOE que, al cabo de muy poco tiempo, ya en el poder, haría un referéndum para mantenernos dentro (La OTAN de entrada NO, pero después, va y SI), cuando cayeron en la cuenta de que era lo que tocaba. El relato es digno de reseñarse: primero pactaron en Moscú no entrar en la Alianza si el Kremlin retiraba cualquier apoyo al PC español. Por consiguiente, se pusieron a defender "los intereses soberanos de España" frente a potencias y bloques, perdonando la vida a Calvo-Sotelo en cada encuentro a propósito del asunto; después, como palanca para el giro copernicano de González y su partido, en el XXX Congreso del PSOE se comienza a hablar, tal como lo cuenta Calvo-Sotelo, de su "disconformidad con la manera como el gobierno de UCD decidió la incorporación (...), irreflexiva, precipitada y gratuíta, rompiendo el consenso." (El subrayado es suyo). Ya no se discutía el fondo, sino las formas. Por último, el consabido referéndum, defendiendo el SI a quedarse dentro. Y además, con la abstención de AP, la supuesta derecha franquista tan proamericana.
Enfrente la demagogia más hostil y en casa una verdadera jaula de grillos; un charco repleto de ranas cantarinas anhelando nuevos charcos, con el agravante final de la defección del propio Adolfo Suárez, pese a los denodados esfuerzos del presidente para hacerle un partido a la medida que él determinara. Pero Suárez estaba determinado sí, a no compartir partido (en expresión de Calvo-Sotelo él en verdad requería una partida) con quienes le habían traicionado tantas veces, hasta el conocido episodio final de la Casa de la Pradera. 
 "Y se marchará efectivamente, pero sin las manos libres, porque UCD no se ha derechizado, ni ha pactado con Fraga; se marchará sin que le sea posible evitar el reproche (...) de haber dejado el espacio político de centro imposible para él y para los demás. Estas son su alfa y su omega ―sigue asertivo Calvo-Sotelo―: Adolfo Suárez, artífice de la transición e insigne fundador de la UCD; Adolfo Suárez, máximo, último, cismático tránsfuga de UCD."
Y fuese, que dirían en la Galicia natal de don Leopoldo.
Otra más de las gangas con las que se regaló aquel gobierno fueron las difíciles relaciones con Europa que el propio Calvo-Sotelo conocía de primera mano desde su penúltimo ministerio con Suárez. Especialmente nociva para los intereses españoles fue la Francia de Giscard d'Estaing, posiblemente el personaje más siniestro para los intereses españoles de ese siglo, en especial en lo concerniente a sus dos problemas esenciales allende los Pirineos: la lucha contra el terrorismo ―feroz entonces y refugiadas sus huestes activas cómodamente en Francia― y la adhesión española a las Comunidades Europeas. Refiriéndose a la generalidad de los personajes de aquella comedia (Barre, Chaban-Delmas, Pisani, etc.) Calvo-Sotelo lo expresa así: "La actitud hacia España era de enfrentamiento manchado por paternalismo e impertinencia, con alguna excepción amistosa. Si a los españoles nos costó trabajo aceptar el papel que nos corresponde en la comunidad internacional a finales del siglo XX, también a nuestros vecinos les costó trabajo ver en el pariente pobre del sur un interlocutor igual y una amenaza seria para su propio mercado interior."
El ex-presidente del gobierno don Leopoldo Calvo-Sotelo no ha estado entre los tres ex-presidentes de la democracia en los recientes funerales de estado porque murió el 3 de mayo de 2008, a los 82 años de edad. Así que sólo pudieron estar tres de los cinco presidentes que fueron, porque uno estaba de cuerpo presente y el otro reposaba en su tumba desde aquel día; el sexto, que a veces parece que lo sigue siendo, también estuvo.
Desde el 25 de junio de 2002 don Leopoldo pasó a ser marqués de la Ría de Ribadeo ―su ciudad natal―, con grandeza de España.
Hizo bien el rey en concederle el marquesado y la distinción, y acaso haría muy bien también en parar el carro de las concesiones para los que después han sido. A unos, digamos con benevolencia, les estaría fea la ostentación de un título, más allá del de abogado raso y de méritos ignorados cuando ejercieron ese oficio; a los otros, porque nunca dejaron de rendirse a los propios intereses y los de su partido, obviando olímpicamente o en todo caso posponiendo para nunca los de la mayoría de sus electores.
Sirva como epílogo lo siguiente: en aquellos días que ya no bañarán las mismas aguas a pesar de la tormenta que arrecia todavía sobre ellos  (claro, que si todavía estamos a la greña con la guerra civil que pronto cumplirá un siglo...), hubo un presidente que debió serlo en países que lo merecieran: ¿Noruega? ¿Dinamarca? ¿Canadá? Un hombre leal a su país que hizo un trabajo razonablemente bueno, se marchó sin ruido y de verdad ―retirándose sin más afán de revancha que la de la referida crónica, venial manera de actuar en buena lid y de frente― y supongo que después disfrutó de la vela, la música y de tantas aficiones como al parecer cultivó hasta el fin de sus días, huyendo en lo posible de las reapariciones.
También disfrutaría, sí, contra lo que pensábamos tantos entonces, de su buen sentido del humor, fino, sutil, algo pedante como él mismo reconoce, pero que nunca se consintió en el cargo porque tenía muy claro lo que al cargo le era debido y su significado. Las páginas de Memoria viva de la Transición demuestran hasta qué punto el humor a su manera entendido formaba parte de él, tan diferente en matices y tenores según las circunstancias, siempre discretas, y las personas.
De su amistad y su vecindad en la mesa con Pío Cabanillas, a veces con Joaquín Garrigues, durante muchos de los Consejos de Ministros de la etapa Suárez, nos deja noticia en las muchas anécdotas divertidas que cuenta sobre ambos. Durante el tiempo que fue ministro para la cosa europea, al decir de él, asistía al Consejo de Ministros, prácticamente de oyente. Se trataba de un Consejo con muy poca vocación europeísta, que él atribuyó con perspicacia a la tradición: de Franco para abajo había sido bien poca la afición europea de los próceres nacionales de la época. Europa no daba más que chascos, disgustos y, en el mejor de los casos, la espalda, tanto a la España de Franco, como a sus hijos e incluso a sus nietos políticos. Suárez, siempre bien dispuesto para las cumbres iberoamericanas, donde podía desplegar todo su encanto en español, desdeñaba las europeas  y ponía todas las dificultades a Calvo-Sotelo para prestarse a hacer acto de presencia en cualquier foro europeo.
Así pues, como oyente poco implicado en las cuestiones debatidas en el Consejo, podía cultivar sotto voce las bromas y los comentarios maliciosos con personajes tan habituados a ello como el inefable Pío Cabanillas ―cuyos conocidos aforismos todo el mundo pretendía entender, salvo a veces el propio don Pío―  o el mencionado Joaquín Garrigues, notable barón de la familia liberal, quien ya en el tramo final de su vida, acaso por saberlo, se permitía toda clase de licencias, casi siempre divertidas. Muchas veces, entre ellos se pasaban cuidadosamente comentarios en prosa y otras en verso. Sirva como despedida esta copla del malogrado contador de chistes, dedicada a otro tránsfuga, uno más de aquella veta suya inagotable: el ex-ministro de Educación con Suárez y tonante historiador en esas fechas, D. Ricardo de la Cierva:

Ayer, en su cacatio matutina,
(que tan píos sermones nos reserva)
me dicen que Ricardo de la Cierva
vuelve a insultarme  tanquam medicina.

¿Qué tengo yo, que mi persona inclina
pluma tan docta a la pasión proterva?
¿Qué tengo, que tan lúcida minerva
conmigo disparata y desatina?

Mira, Cierva, que en coplas y sin ganas
correspondo a tus cóleras insanas
y ni te tomo en serio, ni me enojo.

Piensa que de color y de adversario
conmigo te equivocas, por sectario:
fui Ministro contigo, y no soy rojo



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