La muerte de Adolfo
Suárez, hace unos días, sus honras fúnebres desde el Congreso de los
Diputados, la revisitación generalizada en los medios escritos y audiovisuales
de aquellos días turbulentos de su presidencia y, en fin, la
elevación ―merecida seguramente― de su figura al rango de héroe nacional,
de prócer de la democracia y autor de la transición ―junto al rey, aunque
quizá con una determinación mucho mayor: su sola determinación, si
creyéramos a Pilar Urbano.
Todo ello y la
ignorancia o la displicencia de tantos comentaristas en los medios hablando de
la presencia en esos actos de los
tres ex-presidentes de la
democracia, me ha hecho revisar un libro leído en el año de su publicación,
1990, junio, Memoria viva de
la transición, escrito precisamente por quien estos días se ha visto tan
ninguneado, presidente sucesor del ahora honrado, con quien se dice que acabó aquella etapa de la transición, sin embargo revivida cada poco en nuestros días, puesta en solfa, discutida, como esos finados que acaban gozando de una salud excelente.
Leopoldo Calvo-Sotelo,
el cuarto descontado que también fue presidente, aunque por un periodo más breve, sí ―juró el
cargo ante el rey el 26 de febrero del 81 y le relevó Felipe González en
noviembre del 82― pero tan cargado políticamente como esclarecedor pasados los
años y las legislaturas de uno y otro signo, respecto a cómo fueron las cosas
entonces, cómo quedan hoy retratados algunos de sus protagonistas y cómo hasta se pudo empezar a barruntar ya entonces el pedrisco que pronto acaecería: el
sillón a cualquier precio, la falta de ética y de ejemplaridad en el cargo, el
transfuguismo, la partitocracia, la judicialización de la política, la
corrupción, la impunidad, la berrea nacional...
En el desaparecido Diario 16 del 23 de febrero que, de haber
sido asiduos, podrían haber leído Tejero y quienes esa misma tarde entrarían
armados en el Congreso, Pedro J., su director, escribía: "Una de las
mejores cosas que podría decirse de la etapa que ahora inicia Calvo-Sotelo es
que sirvió para que los socialistas llegaran al poder en un clima de
consolidación y asentamiento."
El primer momio de su
mandato pues, este de la alegría de ser el inamovible puente hacia quienes
habían vapuleado sin miramientos al falangista de su antecesor y a los fachas de su partido.
Pero sólo el primero.
Habrían innumerables para quien, aunque ministro con el último gobierno de
Arias y todos los de Suárez, salvo el posterior a las elecciones del 77, en
realidad era un técnico llegado del mundo empresarial ―rara avis en ese oficio,
como también por su preparación, su cultura y por ser políglota, a pesar de ser
presidente―, sin una gran vocación política según propia y creíble confesión,
tras lo narrado en esa crónica.
Además, con la condición
de barón pero sin familia política ―un pastor sin rebaño― en una UCD donde todo
eran barones con sus respectivas familias o familiones. Hoy diríamos un verso
suelto, en aquella agrupación de intereses por sectores que era la UCD, y que el mismo
Calvo-Sotelo compararía con el remache que sujeta las varillas del amplio
abanico, en este caso político, que albergaban sus filas.
Tras la tejerada fallida,
tan confusa hasta hoy por mor de los muchos silencios pactados y de aquel
juicio oscuro y tutelado, efectivamente consolidación y asentamiento serían, como no podía ser de otro
modo, las prioridades del nuevo gobierno. Las palabras normalizar y normalización las recordarán seguro quienes
tuvieran entonces una edad suficiente, como invariables coletillas añadidas sin
excepción a cualquier speech político cotidiano.
En aquellos días que ya
no bañarán las mismas aguas como sabemos desde Heráclito, rara era la persona
que decía algo positivo de Calvo-Sotelo, incluido el que esto escribe, también tan otro. Fue un
presidente impopular desde aquel primer 26 de febrero de su mandato. Como él
sabía perfectamente y ni se hacía ilusiones, ni tenía alguna secreta, reservada para más allá
del horizonte de aquella legislatura que ya promediaba cuando él relevó a Suarez,
carecía completamente de aquello tan valorado entonces: el carisma. Una
cualidad que, de otorgársele demasiada consideración, resultaba sin embargo tan
nociva como pronto habríamos de enterarnos en este país, entonces por completo
desapercibido de las funestas consecuencias que entrañaban la credulidad ciega
de ese caudillismo inercial y los abusos a que conduciría.
El carisma le era
definitivamente ajeno, pero tenia sobradamente todo lo demás para ser un buen
presidente. Especialmente en un tiempo de profunda crisis económica y política:
Ingeniero de Caminos ―de aquellos― con experiencia al más alto nivel ejecutivo
en la empresa privada, concretamente en Unión Explosivos Riotinto,
el mayor grupo industrial español a la sazón; experiencia política en primera
línea de los acontecimientos en una etapa cargada con tantos cruciales: desde los postreros coletazos del
franquismo boqueante del último gobierno de Arias Navarro al inmediato cambio
de régimen; experimentado negociador allí donde se dirimía la integración de
España en las CCEE, de la que venía siendo el verdadero impulsor desde su
puesto de Ministro ―inédito― para las Relaciones con las Comunidades Europeas,
cartera con la que había hecho senda por las cancillerías, los foros y los
lobbys europeos pertinentes para la causa ―y camino que dejaría bien trillado tras
su puentazgo, a mayor gloria de su sucesor, atento como
siempre a capitalizar cualquier buena noticia como autor de ella; en este caso el ingreso, cuando se alcanzó, en las CCEE―. Por último, tenía un
apellido azul, con resonancias históricas, que daba serenidad a los que entonces
más temían, porque eran quienes habían tenido todo el poder y, por tanto, todo que
perder.
Pero en aquellos días
que ya no bañarán... etcétera, no encontrabas a nadie que simpatizara con aquel
hombre tan poco simpático. Y tan aparentemente falto de sentido del humor,
siendo persona tan leída, tan escribida e incluso tan interpretada, pues
tocaba el piano, al parecer fluidamente.
Un muermo, un señor tan
pulcro en la expresión, tan sobrio de ademanes en sus comparecencias, con aquellos
discursos tan abrochados y puntillosos, como incapaz de transmitir el menor entusiasmo: siempre una presencia la suya, con una ostensible aura
de provisionalidad, como una de esas semanas lluviosas que sabes condenada a
aclararse y escampar.
Tiempo andando, ya
luciendo el sol socialista y retirado él de la política, hubo semanalmente una
parodia en la radio, creo que en el programa matinal de Antonio Herrero, en la
que un imitador hacía de Suárez y otro de Calvo-Sotelo. Suárez en vividor y
dicharachero, como agente y mentor de un Leopoldo, nada menos que aspirante a
contador de chistes. Lo contaba primero y, después, a petición de Suárez que lo
animaba y lo jaleaba por su gracejo
natural, acababa explicándolo: "La gracia de este chiste
estriba...", decía D. Leopoldo y resultaba hilarante, antes de comenzar la
explicación del chiste, solamente ya por lo contradictorios, lo rechinantes que
resultaban juntos, su tono habitual y la idea misma de hacer gracia.
Y, sin embargo, pasado
el tiempo, leyendo ahora sus propios comentarios sobre aquel exiguo periodo ―de
Suárez a Gonzalez―, sin el ruido de entonces, todavía próximo, ni la fanfarria
del momento soleado de los días de su edición (¿alguna vez habrá por estos
pagos un tiempo calmo y riguroso, razonable?), sin los prejuicios que se habían
extendido y sobrevivido hasta aquel 1990, desde la virulencia política iniciada
con el gobierno Suárez ―quizá desde la moción de censura presentada contra
él―, propalada desde los medios y una oposición más que encelada divisando ya
las playas de su desembarco; separando pues el trigo de la paja en esta segunda
visita, libre de propagandas y con el conocimiento de lo que después vendría;
comparado aquel gobierno bienal, último de la UCD, tantas veces presentando por la oposición
como un (des) gobierno de penenes, colmo de la inutilidad, de la incapacidad, y
a Calvo-Sotelo como la cima de la futilidad presidencial; considerando el
periodo desde tanta distancia como la que significan más de treinta años, no
hay la menor duda a mi juicio: la comparación es estrepitósamente favorable
para el chistoso don Leopoldo y su gobierno de penenes heredados de Suárez, que
él mantuvo en su mayoría, como signo de continuidad.
Ello incluso a cuestas
con aquel lamentable episodio del "bichito que si se cae de la mesa se
mata" ―ministro de sanidad dixit―. Un bichito respondón
que resultaría ser un envenenamiento masivo causado por el aceite de colza
previamente mezclado con aceites no aptos para el consumo humano, o quién sabe
qué otros. Un triste asunto muy torpemente conducido por el gobierno,
naturalmente tratado con la proverbial delicadeza de la oposición en
asuntos sensibles, pese a no saber por dónde iban los tiros hasta el momento
de saberse todo, finalmente. Pero que dio para masacrar al gobierno y prepararle
la traca final.
Sin embargo, fue
probablemente el de Calvo-Sotelo el último gobierno tras el cambio de régimen
que no hizo cálculos partidistas y antepuso los intereses generales, con mayor
o menor acierto en los asuntos como venía haciendo su predecesor ―gran político para la alta
política, mal gestor del día a día―, equivocadamente o no, pero mirando siempre
por el bien general del país aun a costa de la opinión contraria que suscitaran
hacia su persona las decisiones a tomar.
Con su final se inauguró
el tiempo de la partitocracia en España.
A ese respecto, don
Leopoldo lo tuvo fácil, por tener "un Grupo
Parlamentario enfermo de transfuguismo", con sus propias palabras. Algunos
ministros y no sólo ministros le aguantaban en el cargo, midiendo bien el
momento del abandono, mientras iban informando a la oposición del PSOE o de AP,
según las personas los intereses y los casos, del último detalle hablado o decidido en los sanedrines ucederos o en el mismísimo Consejo de
Ministros. Casos palmarios, paradigmáticos del transfuguismo según Calvo
Sotelo, fueron, en direcciones opuestas, los de Fernández Ordóñez hacia la
izquierda y Herrero de Miñón (presidiendo, mientras fraguaba el salto, el Grupo
Parlamentario de UCD) hacia la derecha de Fraga.
El de Calvo-Sotelo fue
un gobierno de tránsito, sin expectativas, que hizo un trabajo aseado, a pesar de los muchos y duros palos que le cruzaron en las ruedas de su gestión. Que hizo
lo que había que hacer, dejando después el poder a los socialistas, en una
transición impecable.
La entrada en la OTAN fue un ejemplo de ello.
Con el estamento militar en un momento difícil, había que entrar en la alianza
de las democracias occidentales, compañeros naturales de viaje, de quienes había mucho que aprender y nada que temer. Y lo hicieron, pese a la
enconadísima resistencia del mismo PSOE que, al cabo de muy poco tiempo, ya en
el poder, haría un referéndum para mantenernos dentro (La OTAN de entrada NO,
pero después, va y SI), cuando cayeron en la cuenta de que era lo que tocaba.
El relato es digno de reseñarse: primero pactaron en Moscú no entrar en la Alianza si el Kremlin retiraba
cualquier apoyo al PC español. Por consiguiente, se pusieron a defender "los intereses
soberanos de España" frente a potencias y bloques, perdonando la vida a
Calvo-Sotelo en cada encuentro a propósito del asunto; después, como palanca para el giro copernicano de González y su partido, en el
XXX Congreso del PSOE se comienza a hablar, tal como lo cuenta Calvo-Sotelo, de
su "disconformidad con la manera como el gobierno de UCD decidió la
incorporación (...), irreflexiva,
precipitada y gratuíta, rompiendo el consenso." (El subrayado es
suyo). Ya no se discutía el fondo, sino las formas. Por último, el consabido referéndum, defendiendo el SI a quedarse
dentro. Y además, con la abstención de AP, la supuesta derecha franquista tan
proamericana.
Enfrente la demagogia más hostil y en casa una verdadera jaula de
grillos; un charco repleto de ranas cantarinas anhelando nuevos charcos, con el agravante final de la defección del propio Adolfo Suárez, pese a
los denodados esfuerzos del presidente para hacerle un partido a la medida que
él determinara. Pero Suárez estaba determinado sí, a no compartir partido (en
expresión de Calvo-Sotelo él en verdad requería una partida) con quienes le
habían traicionado tantas veces, hasta el conocido episodio final de la Casa de la Pradera.
"Y se
marchará efectivamente, pero sin las manos libres, porque UCD no se ha
derechizado, ni ha pactado con Fraga; se marchará sin que le sea posible evitar
el reproche (...) de haber dejado el espacio político de centro imposible para
él y para los demás. Estas son su alfa y su omega ―sigue asertivo
Calvo-Sotelo―: Adolfo Suárez, artífice de la transición e insigne fundador de la UCD; Adolfo Suárez, máximo,
último, cismático tránsfuga de UCD."
Y fuese, que dirían en la Galicia natal de don
Leopoldo.
Otra más de las gangas
con las que se regaló aquel gobierno fueron las difíciles relaciones con Europa
que el propio Calvo-Sotelo conocía de primera mano desde su penúltimo
ministerio con Suárez. Especialmente nociva para los intereses españoles fue la Francia de Giscard
d'Estaing, posiblemente el personaje más siniestro para los intereses
españoles de ese siglo, en especial en lo concerniente a sus dos problemas esenciales
allende los Pirineos: la lucha contra el terrorismo ―feroz entonces y refugiadas sus huestes activas cómodamente en Francia― y la
adhesión española a las Comunidades Europeas. Refiriéndose a la
generalidad de los personajes de aquella comedia (Barre, Chaban-Delmas, Pisani,
etc.) Calvo-Sotelo lo expresa así: "La actitud hacia España era de enfrentamiento
manchado por paternalismo e impertinencia, con alguna excepción amistosa. Si a
los españoles nos costó trabajo aceptar el papel que nos corresponde en la
comunidad internacional a finales del siglo XX, también a nuestros vecinos les
costó trabajo ver en el pariente pobre del sur un interlocutor igual y una
amenaza seria para su propio mercado interior."
El ex-presidente del
gobierno don Leopoldo Calvo-Sotelo no ha estado entre los tres ex-presidentes
de la democracia en los recientes funerales de estado porque murió el 3 de mayo
de 2008, a
los 82 años de edad. Así que sólo pudieron estar tres de los cinco presidentes que
fueron, porque uno estaba de cuerpo presente y el otro
reposaba en su tumba desde aquel día; el sexto, que a veces parece que lo sigue siendo, también estuvo.
Desde el 25 de junio
de 2002 don Leopoldo pasó a ser marqués de la
Ría de Ribadeo ―su ciudad natal―, con grandeza de España.
Hizo bien el rey en
concederle el marquesado y la distinción, y acaso haría muy bien también en parar el carro de las concesiones para
los que después han sido. A unos, digamos con benevolencia, les estaría fea la
ostentación de un título, más allá del de abogado raso y de méritos ignorados
cuando ejercieron ese oficio; a los otros, porque nunca dejaron de rendirse a
los propios intereses y los de su partido, obviando olímpicamente o en todo caso posponiendo para nunca los de la mayoría de sus electores.
Sirva como epílogo lo
siguiente: en aquellos días que ya no bañarán las mismas aguas a pesar
de la tormenta que arrecia todavía sobre ellos (claro, que si
todavía estamos a la greña con la guerra civil que pronto cumplirá un
siglo...), hubo un presidente que debió serlo en países que lo merecieran:
¿Noruega? ¿Dinamarca? ¿Canadá? Un hombre leal a su país que hizo un trabajo
razonablemente bueno, se marchó sin ruido y de verdad ―retirándose sin más afán
de revancha que la de la referida crónica, venial manera de actuar en buena lid
y de frente― y supongo que después disfrutó de la vela, la música y de tantas
aficiones como al parecer cultivó hasta el fin de sus días, huyendo en lo
posible de las reapariciones.
También disfrutaría, sí,
contra lo que pensábamos tantos entonces, de su buen sentido del humor, fino,
sutil, algo pedante como él mismo reconoce, pero que nunca se consintió en el
cargo porque tenía muy claro lo que al cargo le era debido y su significado.
Las páginas de Memoria viva de la Transición demuestran
hasta qué punto el humor a su manera entendido formaba parte de él, tan
diferente en matices y tenores según las circunstancias, siempre discretas, y
las personas.
De su amistad y su
vecindad en la mesa con Pío Cabanillas, a veces con Joaquín Garrigues, durante
muchos de los Consejos de Ministros de la etapa Suárez, nos deja noticia en las
muchas anécdotas divertidas que cuenta sobre ambos. Durante el tiempo que fue ministro
para la cosa europea, al decir de él, asistía al Consejo de Ministros,
prácticamente de oyente. Se trataba de un Consejo con muy poca vocación
europeísta, que él atribuyó con perspicacia a la tradición: de Franco para
abajo había sido bien poca la afición europea de los próceres nacionales de la
época. Europa no daba más que chascos, disgustos y, en el mejor de los casos,
la espalda, tanto a la España
de Franco, como a sus hijos e incluso a sus nietos políticos. Suárez, siempre bien dispuesto para las cumbres iberoamericanas, donde podía desplegar todo su encanto en
español, desdeñaba las europeas y ponía todas las dificultades a Calvo-Sotelo para prestarse a hacer acto de presencia en cualquier foro europeo.
Así pues, como oyente
poco implicado en las cuestiones debatidas en el Consejo, podía cultivar sotto voce las bromas y los comentarios
maliciosos con personajes tan habituados a ello como el inefable Pío Cabanillas
―cuyos conocidos aforismos todo el mundo pretendía entender, salvo a veces el
propio don Pío― o el mencionado Joaquín Garrigues, notable barón de la
familia liberal, quien ya en el tramo final de su vida, acaso por saberlo, se
permitía toda clase de licencias, casi siempre divertidas. Muchas veces, entre
ellos se pasaban cuidadosamente comentarios en prosa y otras en verso. Sirva
como despedida esta copla del malogrado contador de chistes, dedicada a otro tránsfuga, uno más de
aquella veta suya inagotable: el ex-ministro de Educación con Suárez y tonante
historiador en esas fechas, D. Ricardo de la Cierva:
Ayer, en su cacatio matutina,
(que tan píos sermones
nos reserva)
me dicen que Ricardo de la Cierva
vuelve a insultarme
tanquam medicina.
¿Qué tengo yo, que mi
persona inclina
pluma tan docta a la
pasión proterva?
¿Qué tengo, que tan
lúcida minerva
conmigo disparata y
desatina?
Mira, Cierva, que en
coplas y sin ganas
correspondo a tus
cóleras insanas
y ni te tomo en serio,
ni me enojo.
Piensa que de color y de
adversario
conmigo te equivocas,
por sectario:
fui Ministro contigo, y
no soy rojo