Los datos del incremento/descenso de la cifra de parados en España, según dice el gobierno, van mejorando, es decir, que mengua la cifra; los sindicatos y la oposición -que tanta maña se dieron hasta anteayer- dicen, sin embargo, que son pésimos o casi.
Christine Lagarde, directora del FMI, por su parte, el lunes`pasado, coincidiendo con la última remesa de datos, alentaba al gobierno desde Bilbao a perseverar en las reformas laborales iniciadas, ahondándolas y haciendo puntual hincapié en la desmesura de los costes laborales, impuestos, según su expresión.
Todos hemos oído los más floridos circunloquios para decir que mejora lo que, sencillamente, no empeora porque no puede empeorar más. Para eso se comparan cifras poco halagüeñas con los mismos meses en pasados ejercicios -¡qué ejercicios!-, se aceptan diagnósticos de mejoría por cifres realmente negativas, pero no tanto como las habidas en precedentes circunstancias parangonables y, en fin, cuando, como viene ocurriendo de manera muy moderada, casi agónica, decrece la cifra, es decir, se crea empleo -varias decenas de miles de empleados nuevos, bienaventurados ellos- pues, evidentemente, ha cambiado el ciclo. Y, ¡halehop!, a partir de ahora, vida nueva: a crecer sin pausa, el número de empleados.
El monje e incluso su pavo, sin dejar de creer al gobierno y a la señora ministra de trabajo ni un ápice, ni dejar de considerar la ponderación y el buen juicio de los de anteayer, están cavilosos porque les ha anidado en el caletre una idea, que ya es, y no deja de ponerle huevos, que para eso estamos casi en primavera.
La idea ponedora es la siguiente: aun suponiendo que no sean verdaderas las cifras del paro, es decir, que haya un millón menos de parados en realidad que los contabilizados en las estadísticas estatales; aun suponiendo que sólo unos cuatro millones de personas tengan la vida entre paréntesis y muchos de ellos no recuerden cuándo se les abrió ese negro y devastador paréntesis -se habla muy poco de las secuelas que unos años de paro dejan en la vida de las personas, de cómo les cambia profundamente, les erosiona, les confunde-; aunque así fuera y nos ahorráramos un millón y pico de familias maltratadas por la vida, que ya es ahorrar, la cuestión es la siguiente: al ritmo cansino, exhausto casi; al caminar indeciso de esas cifras que dan dos pasos adelante y uno atrás, porque se ha acabado el verano o porque es febrero o porque Margarita se ha hecho pis, cuántos años habremos de esperar para ver chispas de verdadero desahogo a nuestro alrededor, gente ocupada, carreteras transitadas, dejar de ver polígonos abandonados, naves cerradas, comercios emblemáticos desaparecidos...
Porque la audacia de este gobierno es tal respecto a cómo encarar esta cuestión, tan manoseada, tan baboseada en mítines y comparecencias como amortiguada al cabo con la miajita del pertinente olvido, por allá arriba donde se cuecen los macronúmeros, que cuando le dice Dña. Christine que persevere en abaratar los impuestos del trabajo, que insista en los cambios, cuando desde Bruselas y desde el FMI le tienden la coartada para que no pesen tanto sobre el propio gobierno las consecuencias sociales de esas medidas es tal su audacia (audacia y Rajoy son términos antitéticos, como sabe hasta mi pavo) que inmediatamente todos los miembros del gobierno más concernidos se deshacen en negativas a cualquier reforma, un poquito más allá de lo reformadito en materia laboral.
Y ahí va ese huevo: uno no está pensando en primeros ministros -siquiera ministros a secas- de los habidos en los primeros dos tercios del siglo pasado, por su preparación, su personalidad, la altura de miras de algunas de sus decisiones -con las inevitables excepciones, claro. Uno no espera ese tipo de personalidades en los lideritos actuales, ni en Europa ni en España. Pero ya que ni los hay ni se esperan líderes capaces de no temer las consecuencias de hacer algo cuando creen que debe hacerse, siempre pendientes del omnipresente calendario electoral, por lo menos, si es posible y no es demasiado pedir, que hayan técnicos capaces... Técnicos, ellos sí, audaces... para prescribir a esos mediocres MEDIDAS con mayúscula, y si no dan resultado, total para los extraordinarios resultados que da este horror a tomarlas...
Porque las buenas noticias que nos da el gobierno, los remedios de la oposición amnésica y de los sindicatos de hace siglo y medio, el empresariado de cabecera y todo el patético conjunto, su recetario minimalista, las soluciones y mejoras de pitiminí con que nos untan la cataplasma, cada día se parecen más a aquellas que daba el médico al paciente terminal: "Créame que está usted mucho mejor; mire si no al de la cama de al lado, que ya se nos ha muerto."
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