martes, 11 de marzo de 2014

TRISTES TRENES, FUNESTA ESTELA

Al expresidente de la Generalitat, Eduardo Zaplana los valencianos siempre podrán recordarle haber dejado en su lugar, primero al brillante José Luis Olivas y, poco después, al presunto bizcochable ―él así lo creyó―, Francisco Camps, aún más brillante si eso fuera posible. Numeritos cantan: véanse si no las limpias cuentas que dejó tras de sí; acaecida finalmente su marcha, a empujones de aquel poeta (”Al alba y con tiempo duro de Levante…”) especialista en Shakespeare, dominador del drama pues, en cuya tierra ha acabado de momento como Embajador del Reino de España en el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda, y que lidiara aquel torito a domicilio. D. Federico Trillo-Figueroa Martínez-Conde ―apetece añadir: “Y otras Hierbas…”.
El inefable Paco Camps es digno de un panegírico solito para él; pero no se le puede dejar atrás sin al menos recordar aquella sonrisa suya, no se sabe si encajada o desencajada, gélida en cuanto se distraía, que acabó por ser su careta de recibir ―lo mismo bendiciones que hostias, como buen beato.
El señor Zaplana, en Valencia dejó un rastro de luces y esplendor primero y, ay, de oscuras sombras
después, de las que no son ni mucho menos las más largas con serlo,  las dos citadas, sino quizá otras referentes a un modo de hacer política cuya finalidad entreveraba los buenos resultados en la gestión concreta de los asuntos públicos con los abusos, la proliferación de personajes de muy dudosa honradez ―como el tiempo va cosechando― y los business paralelos.
Sin embargo, Zaplana siempre dio talla de político capaz y con recursos, quizá por haberse forjado en un ayuntamiento tan difícil como el de Benidorm. Porque no se puede olvidar, primero el aire fresco (no sé si de levante) que trajo a la política autonómica frente a aquella espesa nulidad lermista, con visos entonces de perpetuarse y sin otro merecimiento para sus administrados que el de ir enganchada al carro felipista, como antiguamente los perros al carro del labrador.
Una Comunidad Autonoma sin la más mínima autonomía respecto a Ferraz.
Tampoco puede olvidarse que en sus primeros años, por contraste además con ese fondo de quietud, de inmovilidad heredado del presidente Lerma, desde entonces senador  —¿alguien le conoce en ese foro alguna iniciativa remarcable hasta el momento?— Zaplana pareció el gran desatascador de la política valenciana, el gestor de todas las gestiones demoradas, el bienvenido heraldo que proclamaba sin complejos un mundo lleno de  posibilidades para la comunidad que presidía; que auguraba una prosperidad basada en actividades económicas que se creían posibles hasta entonces sólo en la meseta o en Cataluña. Y, sí, también el enladrillador que todo lo enladrillaba; bien es verdad que en una etapa en la que todavía cabía construirse mucho y ordenarse el territorio como nunca se había hecho. A tal efecto se desempolvaría una ley socialista nunca efectiva con ellos en la Generalitat  —Ley Reguladora de la Actividad Urbanística— que, a pesar de los desmanes ocurridos a su amparo con posterioridad, entre otras cosas le cambió la faz a la ciudad de Valencia e hizo con el territorio algo hasta entonces inédito en esa comunidad: urbanismo.
La posteriormente estigmatizada LRAU fue un mecanismo innegablemente dinamizador de la actividad urbanística —poco después reproducido con matices en Andalucía, en Castilla la Mancha, en Extremadura…—, que dio lugar a una potente reactivación del sector, de tantos otros sectores colaterales, que sin embargo nació con la malformación o la debilidad de dotar a los ayuntamientos de una gran discrecionalidad, en la decisiva iniciativa de la elección de los suelos y los colores que en ellos se pintarían. Ello sumado al laisser faire de los consellers de la propia cuerda o tantas veces con su callada connivencia, acabaron siendo una misma tronera por donde se colarían todos los vicios que nada menos que ese sector era capaz de recrear.
El fenómeno, aunque para nada desconocido antes, se reforzó con Zaplana, le dio continuidad el valido Olivas con buena mano y Paco I El Sonriente, que se creyó el mismísimo mago de la lámpara de Aladino, ya sin cordel el saco del dinero de las dos cajas de ahorro, más un Banco de Valencia con la única nobleza del edificio que ocupaba, dio rienda suelta a su megalomanía, consintió y fue consentido por sus mismos malcriados y, naturalmente (o no tanto con una Audiencia muy politizada) muchos de ellos acabaron o acabarán en el banquillo.
Amén.
Pero lo que hasta aquí nos trae sobre Eduardo Zaplana es ese sino suyo ejemplificador de los peores visajes de la política, también virajes, de los que fue sujeto y objeto, rutilante actor y denostada víctima, señalado protagonista y, finalmente, abrupto cesante.
En la Comunidad Valenciana vivió sus mejores años como primer actor político, renovador y eficaz. Fulgores que no le ahorrarían conocer después el ostracismo al que lo conduciría aquel curita del que fue mentor, apenas un par de semanas después de marcharse a Madrid como Ministro de Trabajo.
Hubo un tiempo en que a Zaplana, con torva inquina persecutoria, le hicieron sentir incómodo en casi todo el que había sido su territorio administrado, quizá con la excepción de un reducto en Alicante que acabaría por descomponerse también. Aquel Pepé que le debía en Valencia un granero colmado de votos, cuando lo venía  conociendo semivacío y sin más esperanza de cosecha en el horizonte que una modesta escasez, aquellos compañeros elevados al rango que cada cual ostentaba por la mano poderosa de Eduardo —no digamos El Sonriente, hoy degustador de ese mismo plato, bien frío—, no opusieron el menor gesto de disgusto al deshacerse de él, e incluso al evitarle públicamente, muy poco después.
Al Pepé de Madrid, al nacional, le será muy difícil encontrar un portavoz más hábil y denodado que  Eduardo Zaplana. Hubo que echarle arrestos para serlo una vez consumado el traumático desalojo del poder como consecuencia del tremendo atentado terrorista sucedido hace hoy diez años —con la penosa estela de dolor revivida cada día por sus víctimas.
En aquellas horas tremendas que acabaron en el advenimiento inesperado del Talante Asolador de Toda Brizna de Yerba —el arranque de la Era TATBY—, Don Zatalante El Acaecido, tan inesperado como reciente señorito del corral socialista y ahora, tiéntense las vestiduras, no menos inesperadamente, salvo para él por propia confesión, dueño de todo el predio nacional de la noche a la mañana. Don Zatalante llegando ahora a lomos de la bestia parda desgraciados trenes y  Cadena Ser mediante— , negándose a sí mismo el discurso bambi con sus propios actos, en lo que devendría su más querida costumbre —ni una mala palabra ni una buena acción—, dispuesto cuanto antes a relegar a mera anécdota al partido de Zaplana, con aquel aperitivo en sus alforjas de la inmediata Comisión de Investigación. Comisión de Desinformación y Tentetieso en realidad, para servir fielmente a su relato de los hechos, ante cuya ferocidad, un vapuleado Pepé apenas podía oponer alguna energía, acaso sólo aquel revolcón postrero de Aznar en su memorable comparecencia.
Con el dramatis personae que incorporaría Don Zatalante, sus Pepiños, sus Fdez. de la Vega-Malenas-Aídos..., y un novísimo Rubalcaba, todos blandiendo estaca en su particular teatrillo de guiñol y, para variar, abrazando el largocaballerismo asilvestrado en su renovado corral,  mientras  una vez más  se desdeñaba la serena ecuanimidad del besteirismo.
Es de justicia recordar a aquel abnegado Zaplana, con todas sus dotes y repertorio, día tras día desmintiendo infundios a primera hora de la mañana en todas las emisoras, dando la cara respecto a la actuación, muy torpe sí, pero no aviesa —ésta sí bambi—, de su partido en aquellas largas horas tras el atentado que, posiblemente, acabarían por dañar de manera muy severa los cimientos de cuanto aún quedaba de sólido en el siempre pendenciero y demediado edificio hispano. Aquel Zaplana, que gallardamente se partía la cara cada mañana por su partido, mientras éste, cada vez mas dislocado y cada vez en más errática deriva, le iba mostrando el ascensor de Génova.
Y ¡oh fatum!, otra vez aquel Pepé que él tanto ayudó a fortalecer, por el que tanto tuvo que bregar en sus  más amargas  horas,  nuevamente  deshaciéndose de él, ahora en el ámbito nacional,  o al menos permitiendo con total olimpismo y ninguna gratitud que se apeara en la siguiente, motu proprio.
Si bien eso hoy, con el rosario de gente valiosa que ha ido desechando el Pepé, ya nos viene pareciendo un triste mojón más en la nítida linde entre la vergüenza y la lealtad al propio credo, y ese sustrato siniestro en el que ahora prospera la política, el arribismo más necio y pesebrero, lo cierto es que todo aquel lodo político, con el implícito deterioro de la convivencia y toda su funesta estela de bellaquerías políticas, nos lo ha hecho recordar, de modo muy singular quizás a los nacidos en su misma comunidad, el reciente artículo de Eduardo Zaplana en El Mundo —aquí reproducido— con ocasión de esta durísima efeméride, efectivamente con ese trasfondo inevitablemente  apesadumbrado, tristón, decepcionado.
Un Zaplana que, con sus aciertos y sus errores, aun con esa soberbia con que el poder acaba siempre por disfrazar a sus elegidos,  ha sido un hombre que se ha sabido marchar a tiempo, silenciosa y elegantemente acaso, a cuestas con ese sino suyo tan sesgado.

https://dl.dropboxusercontent.com/u/38615789/E.%20Zaplana.pdf

Por la paz de las víctimas, total esclarecimiento, hasta la más mínima duda, sin descanso.
Y quien no esté dispuesto a aclarar su grado de mendacidad en aquellas turbias horas, con la segura comprensión de la ciudadanía para el caso, no puede ser, diez años después, más que un miserable indigno de seguir en la política.

jueves, 6 de marzo de 2014

LOS INCLEMENTES DATOS DEL PARO

Los datos del incremento/descenso de la cifra de parados en España, según dice el gobierno, van mejorando, es decir, que mengua la cifra; los sindicatos y la oposición -que tanta maña se dieron hasta anteayer- dicen, sin embargo, que son pésimos o casi.
Christine Lagarde, directora del FMI, por su parte, el lunes`pasado, coincidiendo con la última remesa de datos, alentaba al gobierno desde Bilbao a perseverar en las reformas laborales iniciadas, ahondándolas y haciendo puntual hincapié en la desmesura de los costes laborales, impuestos, según su expresión.
Todos hemos oído los más floridos circunloquios para decir que mejora lo que, sencillamente, no empeora porque no puede empeorar más. Para eso se comparan cifras poco halagüeñas con los mismos meses en pasados ejercicios -¡qué ejercicios!-, se aceptan diagnósticos de mejoría por cifres realmente negativas, pero no tanto como las habidas en precedentes circunstancias parangonables y, en fin, cuando, como viene ocurriendo de manera muy moderada, casi agónica, decrece la cifra, es decir, se crea empleo -varias decenas de miles de empleados nuevos, bienaventurados ellos- pues, evidentemente, ha cambiado el ciclo. Y, ¡halehop!, a partir de ahora, vida nueva: a crecer sin pausa, el número de empleados.
El monje e incluso su pavo, sin dejar de creer al gobierno y a la señora ministra de trabajo ni un ápice, ni dejar de considerar la ponderación y el buen juicio de los de anteayer, están cavilosos porque les ha anidado en el caletre una idea, que ya es, y no deja de ponerle huevos, que para eso estamos casi en primavera.
La idea ponedora es la siguiente: aun suponiendo que no sean verdaderas las cifras del paro, es decir, que haya un millón menos de parados en realidad  que los contabilizados en las estadísticas estatales; aun suponiendo que sólo unos cuatro millones de personas tengan la vida entre paréntesis y muchos de ellos no recuerden cuándo se les abrió ese negro y devastador paréntesis -se habla muy poco de las secuelas que unos años de paro dejan en la vida de las personas, de cómo les cambia profundamente, les erosiona, les confunde-; aunque así fuera y nos ahorráramos un millón y pico de familias maltratadas por la vida, que ya es ahorrar, la cuestión es la siguiente: al ritmo cansino, exhausto casi; al caminar indeciso de esas cifras que dan dos pasos adelante y uno atrás, porque se ha acabado el verano o porque es febrero o porque Margarita se ha hecho pis, cuántos años habremos de esperar para ver chispas de verdadero desahogo a nuestro alrededor, gente ocupada, carreteras transitadas, dejar de ver polígonos abandonados, naves cerradas, comercios emblemáticos desaparecidos...
Porque la audacia de este gobierno es tal respecto a cómo encarar esta cuestión, tan manoseada, tan baboseada en mítines y comparecencias como amortiguada al cabo con la miajita del pertinente olvido, por allá arriba donde se cuecen los macronúmeros, que cuando le dice Dña. Christine que persevere en abaratar los impuestos del trabajo, que insista en los cambios, cuando desde Bruselas y desde el FMI le tienden la coartada para que no pesen tanto sobre el propio gobierno las consecuencias sociales de esas medidas es tal su audacia (audacia y Rajoy son términos antitéticos, como sabe hasta mi pavo) que inmediatamente todos los miembros del gobierno más concernidos se deshacen en negativas a cualquier reforma, un poquito más allá de lo reformadito en materia laboral.
Y ahí va ese huevo: uno no está pensando en primeros ministros -siquiera ministros a secas- de los habidos en los primeros dos tercios del siglo pasado, por su preparación, su personalidad, la altura de miras de algunas de sus decisiones -con las inevitables excepciones, claro. Uno no espera ese tipo de personalidades en los lideritos actuales, ni en Europa ni en España. Pero ya que ni los hay ni se esperan líderes capaces de no temer las consecuencias de hacer algo cuando creen que debe hacerse, siempre pendientes del omnipresente calendario electoral, por lo menos, si es posible y no es demasiado pedir, que hayan técnicos capaces... Técnicos, ellos sí, audaces... para prescribir a esos mediocres MEDIDAS con mayúscula, y si no dan resultado, total para los extraordinarios resultados que da este horror a tomarlas...
Porque las buenas noticias que nos da el gobierno, los remedios de la oposición amnésica y de los sindicatos de hace siglo y medio, el empresariado de cabecera y todo el patético conjunto, su recetario minimalista, las soluciones y mejoras de pitiminí con que nos untan la cataplasma, cada día se parecen más a aquellas que daba el médico al paciente terminal: "Créame que está usted mucho mejor; mire si no al de la cama de al lado, que ya se nos ha muerto."