Al expresidente de la Generalitat , Eduardo Zaplana los valencianos siempre podrán recordarle haber dejado en su lugar, primero al brillante José Luis Olivas y, poco después, al presunto bizcochable ―él así lo creyó―, Francisco Camps, aún más brillante si eso fuera posible. Numeritos cantan: véanse si no las limpias cuentas que dejó tras de sí; acaecida finalmente su marcha, a empujones de aquel poeta (”Al alba y con tiempo duro de Levante…”) especialista en Shakespeare, dominador del drama pues, en cuya tierra ha acabado de momento como Embajador del Reino de España en el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda, y que lidiara aquel torito a domicilio. D. Federico Trillo-Figueroa Martínez-Conde ―apetece añadir: “Y otras Hierbas…”.
El inefable Paco Camps es digno de un panegírico solito para él; pero no se le puede dejar atrás sin al menos recordar aquella sonrisa suya, no se sabe si encajada o desencajada, gélida en cuanto se distraía, que acabó por ser su careta de recibir ―lo mismo bendiciones que hostias, como buen beato.
El señor Zaplana, en Valencia dejó un rastro de luces y esplendor primero y, ay, de oscuras sombras
después, de las que no son ni mucho menos las más largas con serlo, las dos citadas, sino quizá otras referentes a un modo de hacer política cuya finalidad entreveraba los buenos resultados en la gestión concreta de los asuntos públicos con los abusos, la proliferación de personajes de muy dudosa honradez ―como el tiempo va cosechando― y los business paralelos.
después, de las que no son ni mucho menos las más largas con serlo, las dos citadas, sino quizá otras referentes a un modo de hacer política cuya finalidad entreveraba los buenos resultados en la gestión concreta de los asuntos públicos con los abusos, la proliferación de personajes de muy dudosa honradez ―como el tiempo va cosechando― y los business paralelos.
Sin embargo, Zaplana siempre dio talla de político capaz y con recursos, quizá por haberse forjado en un ayuntamiento tan difícil como el de Benidorm. Porque no se puede olvidar, primero el aire fresco (no sé si de levante) que trajo a la política autonómica frente a aquella espesa nulidad lermista, con visos entonces de perpetuarse y sin otro merecimiento para sus administrados que el de ir enganchada al carro felipista, como antiguamente los perros al carro del labrador.
Una Comunidad Autonoma sin la más mínima autonomía respecto a Ferraz.
Tampoco puede olvidarse que en sus primeros años, por contraste además con ese fondo de quietud, de inmovilidad heredado del presidente Lerma, desde entonces senador —¿alguien le conoce en ese foro alguna iniciativa remarcable hasta el momento?— Zaplana pareció el gran desatascador de la política valenciana, el gestor de todas las gestiones demoradas, el bienvenido heraldo que proclamaba sin complejos un mundo lleno de posibilidades para la comunidad que presidía; que auguraba una prosperidad basada en actividades económicas que se creían posibles hasta entonces sólo en la meseta o en Cataluña. Y, sí, también el enladrillador que todo lo enladrillaba; bien es verdad que en una etapa en la que todavía cabía construirse mucho y ordenarse el territorio como nunca se había hecho. A tal efecto se desempolvaría una ley socialista nunca efectiva con ellos en la Generalitat —Ley Reguladora de la Actividad Urbanística — que, a pesar de los desmanes ocurridos a su amparo con posterioridad, entre otras cosas le cambió la faz a la ciudad de Valencia e hizo con el territorio algo hasta entonces inédito en esa comunidad: urbanismo.
El fenómeno, aunque para nada desconocido antes, se reforzó con Zaplana, le dio continuidad el valido Olivas con buena mano y Paco I El Sonriente, que se creyó el mismísimo mago de la lámpara de Aladino, ya sin cordel el saco del dinero de las dos cajas de ahorro, más un Banco de Valencia con la única nobleza del edificio que ocupaba, dio rienda suelta a su megalomanía, consintió y fue consentido por sus mismos malcriados y, naturalmente (o no tanto con una Audiencia muy politizada) muchos de ellos acabaron o acabarán en el banquillo.
Amén.
Pero lo que hasta aquí nos trae sobre Eduardo Zaplana es ese sino suyo ejemplificador de los peores visajes de la política, también virajes, de los que fue sujeto y objeto, rutilante actor y denostada víctima, señalado protagonista y, finalmente, abrupto cesante.
En la Comunidad Valenciana vivió sus mejores años como primer actor político, renovador y eficaz. Fulgores que no le ahorrarían conocer después el ostracismo al que lo conduciría aquel curita del que fue mentor, apenas un par de semanas después de marcharse a Madrid como Ministro de Trabajo.
Hubo un tiempo en que a Zaplana, con torva inquina persecutoria, le hicieron sentir incómodo en casi todo el que había sido su territorio administrado, quizá con la excepción de un reducto en Alicante que acabaría por descomponerse también. Aquel Pepé que le debía en Valencia un granero colmado de votos, cuando lo venía conociendo semivacío y sin más esperanza de cosecha en el horizonte que una modesta escasez, aquellos compañeros elevados al rango que cada cual ostentaba por la mano poderosa de Eduardo —no digamos El Sonriente, hoy degustador de ese mismo plato, bien frío—, no opusieron el menor gesto de disgusto al deshacerse de él, e incluso al evitarle públicamente, muy poco después.
Hubo un tiempo en que a Zaplana, con torva inquina persecutoria, le hicieron sentir incómodo en casi todo el que había sido su territorio administrado, quizá con la excepción de un reducto en Alicante que acabaría por descomponerse también. Aquel Pepé que le debía en Valencia un granero colmado de votos, cuando lo venía conociendo semivacío y sin más esperanza de cosecha en el horizonte que una modesta escasez, aquellos compañeros elevados al rango que cada cual ostentaba por la mano poderosa de Eduardo —no digamos El Sonriente, hoy degustador de ese mismo plato, bien frío—, no opusieron el menor gesto de disgusto al deshacerse de él, e incluso al evitarle públicamente, muy poco después.
Al Pepé de Madrid, al nacional, le será muy difícil encontrar un portavoz más hábil y denodado que Eduardo Zaplana. Hubo que echarle arrestos para serlo una vez consumado el traumático desalojo del poder como consecuencia del tremendo atentado terrorista sucedido hace hoy diez años —con la penosa estela de dolor revivida cada día por sus víctimas.
En aquellas horas tremendas que acabaron en el advenimiento inesperado del Talante Asolador de Toda Brizna de Yerba —el arranque de la Era TATBY—, Don Zatalante El Acaecido, tan inesperado como reciente señorito del corral socialista y ahora, tiéntense las vestiduras, no menos inesperadamente, salvo para él por propia confesión, dueño de todo el predio nacional de la noche a la mañana. Don Zatalante llegando ahora a lomos de la bestia parda ―desgraciados trenes y Cadena Ser mediante— , negándose a sí mismo el discurso bambi con sus propios actos, en lo que devendría su más querida costumbre —ni una mala palabra ni una buena acción—, dispuesto cuanto antes a relegar a mera anécdota al partido de Zaplana, con aquel aperitivo en sus alforjas de la inmediata Comisión de Investigación. Comisión de Desinformación y Tentetieso en realidad, para servir fielmente a su relato de los hechos, ante cuya ferocidad, un vapuleado Pepé apenas podía oponer alguna energía, acaso sólo aquel revolcón postrero de Aznar en su memorable comparecencia.
Con el dramatis personae que incorporaría Don Zatalante, sus Pepiños, sus Fdez. de la Vega-Malenas -Aídos..., y un novísimo Rubalcaba, todos blandiendo estaca en su particular teatrillo de guiñol y, para variar, abrazando el largocaballerismo asilvestrado en su renovado corral, mientras una vez más se desdeñaba la serena ecuanimidad del besteirismo.
Es de justicia recordar a aquel abnegado Zaplana, con todas sus dotes y repertorio, día tras día desmintiendo infundios a primera hora de la mañana en todas las emisoras, dando la cara respecto a la actuación, muy torpe sí, pero no aviesa —ésta sí bambi—, de su partido en aquellas largas horas tras el atentado que, posiblemente, acabarían por dañar de manera muy severa los cimientos de cuanto aún quedaba de sólido en el siempre pendenciero y demediado edificio hispano. Aquel Zaplana, que gallardamente se partía la cara cada mañana por su partido, mientras éste, cada vez mas dislocado y cada vez en más errática deriva, le iba mostrando el ascensor de Génova.
Y ¡oh fatum!, otra vez aquel Pepé que él tanto ayudó a fortalecer, por el que tanto tuvo que bregar en sus más amargas horas, nuevamente deshaciéndose de él, ahora en el ámbito nacional, o al menos permitiendo con total olimpismo y ninguna gratitud que se apeara en la siguiente, motu proprio.
Si bien eso hoy, con el rosario de gente valiosa que ha ido desechando el Pepé, ya nos viene pareciendo un triste mojón más en la nítida linde entre la vergüenza y la lealtad al propio credo, y ese sustrato siniestro en el que ahora prospera la política, el arribismo más necio y pesebrero, lo cierto es que todo aquel lodo político, con el implícito deterioro de la convivencia y toda su funesta estela de bellaquerías políticas, nos lo ha hecho recordar, de modo muy singular quizás a los nacidos en su misma comunidad, el reciente artículo de Eduardo Zaplana en El Mundo —aquí reproducido— con ocasión de esta durísima efeméride, efectivamente con ese trasfondo inevitablemente apesadumbrado, tristón, decepcionado.
Un Zaplana que, con sus aciertos y sus errores, aun con esa soberbia con que el poder acaba siempre por disfrazar a sus elegidos, ha sido un hombre que se ha sabido marchar a tiempo, silenciosa y elegantemente acaso, a cuestas con ese sino suyo tan sesgado.
https://dl.dropboxusercontent.com/u/38615789/E.%20Zaplana.pdf
Por la paz de las víctimas, total esclarecimiento, hasta la más mínima duda, sin descanso.
Y quien no esté dispuesto a aclarar su grado de mendacidad en aquellas turbias horas, con la segura comprensión de la ciudadanía para el caso, no puede ser, diez años después, más que un miserable indigno de seguir en la política.
https://dl.dropboxusercontent.com/u/38615789/E.%20Zaplana.pdf
Por la paz de las víctimas, total esclarecimiento, hasta la más mínima duda, sin descanso.
Y quien no esté dispuesto a aclarar su grado de mendacidad en aquellas turbias horas, con la segura comprensión de la ciudadanía para el caso, no puede ser, diez años después, más que un miserable indigno de seguir en la política.