lunes, 24 de noviembre de 2014

DOS ARTISTAS Y UNA DIVAGACION

Dos artistas que miran la realidad de manera tan dispar como los propios medios de que se sirven para plasmarla.

Tratándose de un fotógrafo y una pintora, tras todo lo visto en las vanguardias de la primera mitad del siglo pasado, sus ismos, los caminos más dudables, las más erráticas obsesiones hechas arte; y en la segunda, la mezcla de todo lo anterior, con algunas revisitaciones actualizadas, infieles en su mayor parte —qué otra cosa cabría— con sus originales, el lector quizá se sentirá inclinado a pensar que va a ser el primero de ellos el más interesado por captar la realidad, una, la que fuere: figuras, paisajes —urbanos, naturales, linderos, oníricos incluso—, de una manera concreta, con un preciso ambiente, definidas presencias o ausencias, pero un hecho o situación fidedigna en todo caso. Quizás aprovechando la ocasión que, buscándola, se brinda, tal vez tras denodadas caminatas y largas esperas, en pos de la luz perseguida en una estación, un clima, un particular momento del día. Pero al fin captando, por inusual o extraño que acabe siendo el resultado, algún aspecto cierto, fiel, pese a todo realista, diríamos abusando del término —por acaecido.

Coherentemente con ese prejuicio, en principio esperaríamos hoy menor rigor entre lo plasmado y la realidad en la obra de los artistas plásticos —incluso a pesar de cómo ha prendido el interés por el hiper/fotorrealismo entre muchos  jóvenes  artistas, sin duda conocedores del quehacer de Antonio López, David Mauro, Ralph GoingsRichard Estes  y otros maestros de ambos estilos—, donde lo figurativo, de darse la tendencia tampoco extraña hoy, sí aparece en muchos más casos tratado. Bien relativizado por su integración entre otros efectos, texturas, materiales del más diverso pelaje —a veces literal—, bien integrado con otra intención en aquellas revisitaciones que comienzan por el prefijo post para pasar después al neo. O finalmente como una ensalada de todo lo anterior, pero otra vez con un desenlace innovador, otra vez armónico y acorde con su momento, otorgándole su impronta renovadora.

Aleatoriamente, cada tiempo puede ser igual de cruel con la fotografía o con cualquier otra actividad artística. Preterir con el mayor desdén una obra que, posteriormente, pudiera ser que otra época rescate, valore e incluso encumbre en no pocos casos. Y no es necesario ahondar en los más conocidos y lacerantes de ellos, por el contraste entre lo miserablemente que les trató su tiempo y lo que la posteridad les depararía. La amargura de esas cartas de Vincent a Theo y sus muchas zozobras, las penalidades que ambos padecieron y se trasladaron mutuamente, el vacío, el drástico desinterés por la obra que uno produjo con vehemencia estajanovista, psicótica y el otro trataba inútilmente de vender. El  aciago destino de su propio amigo, pero también inductor de la reacción que acabó con la pérdida de su oreja, Paul Gauguin, quien acabó sumido en la más ruin indigencia, con los cuadros amontonados, perdidos, pero jamás aceptados por su tiempo. Penalidades en algún sentido comparables, entre muchos otros que pudieran servirnos de ejemplo, a las estrecheces  —en un ámbito artístico distante— sufridas por otro coloso de su actividad, James Joyce, sobre todo durante su presencia en aquella Trieste todavía austriaca, en la que además tenía consigo a su esposa, Nora Barnacle y sus hijos. A quienes nunca alcanzaba a procurar sino lo más básico para su pervivencia, como atestigua la abundante correspondencia que nos legó —en lo que a estos hechos se refiere la que sostuvo con su hermano Stanislaus, víctima permanente de los sablazos de James para poder llegar a cubrir las necesidades de la familia, y a los que aquel siempre correspondió generosamente en lo pecuniario, pero también en lo anímico, con un afecto por su hermano y una fe en el Joyce escritor, inquebrantables.

Uno se pregunta cómo pudieron aislarse de un cotidiano tan desprovisto y arisco, para llegar producir edificios artísticos de semejante dimensión.

En cuanto a los artistas plásticos, hubo pues, muchos casos de estimabilísimas obras que permanecieron inéditas en su momento, extraviadas entre fulgores más o menos duraderos, algunos incluso fugaces, pero que, en su conjunto, como constelación no dejaron el espacio suficiente que permitiera entonces su hallazgo y aprecio. Es cierto que la posteridad investiga, rebusca entre los coetáneos de un cierto estilo pictórico, de una cierta época, hasta agotarlos. Y es esa labor historiográfica, cuyos designios van determinando los gustos y las tendencias vigentes en cada ciclo, la que hace emerger ante nosotros muy notables obras de artistas, tan alejados para entonces de aquel que fue su tiempo.

En el caso de la fotografía, ese aspecto se agravó tal vez a causa de la coincidencia entre su modernidad y su rápida profusión. Constreñida en un breve lapso temporal, la obra de tantos fotógrafos adoleció de mal tan sensible como ese inicuo desprecio de su hora. Sin embargo, de un modo u otro, porque ciertamente el interés por la fotografía creció rápido con el propio siglo XX, o por la misma persistencia, el mero proceso del acopio en el tiempo cuando el artista reunía méritos, las obras iban tomando relieve, llegaban a trabarse y cobraban fundamento en  poco  tiempo. Efectivamente, en numerosos casos el rescate llegaba por un proceso de rápida maduración —el siglo volaba—que la revaluaba, descubriendo en ella esa vaga ilación implícita, testimonial o no, pero con un sentido distinto, uno nuevo entonces discernible, uno imprevisible quizá que afloraba. 

En el medio fotográfico, incluso una justicia prosaica y prospectiva se pudo dar. Ese clavo ardiendo de la posteridad, que siempre tasa al alza los testimonios gráficos, sin importarle que los ignorara o los desestimara su época. Y que además se aviene con facilidad a ablandar el juicio, se hace condescendiente, y únicamente alude a la calidad, de hecho, para añadidura y colmo.
Cuántos fotógrafos de los que dispararon al primer cuarto de ese siglo raudo y tempestuoso que fue el pasado, llegaron a pensar en su labor —una industria en cierne, un buen empleo para lo que se seguía de los oficios del momento: pringue o polvo (lo demás eran colocaciones)— como algo durable, diferente, algo elevado o acreedor de la estima del público. No ya que concibieran su tarea de un modo artístico o trascendente, cuántos creyeron siquiera que aquello de lo que dejaban constancia, pudiera interesar, treinta, sesenta años después. Quiénes, de los que en tantos casos escurrieron el bulto ante la molienda de recoger y adecentar todas aquellas viejas fotos desparramadas por alguna leonera, en un desván imposible de telarañas y cagarrutas de ratón, o barajadas, disgregadas entre fajos con gomita, paquetes y cajas en dios sabe dónde; de los que se llamaban andana llegada la hora de bregar con todo aquel material para compilarlo y ponerlo a salvo de extravíos, de acordarse de su conservación y legarlo quizá a un sobrino metódico y responsable, quiénes acariciaron la quimera de su inclusión —tan generosa a veces como merecida— en célebres colecciones, en archivos del  mayor  renombre,  o  en tan migratorias exposiciones como suelen ser las contemporáneas.

Una vez despedidos con el siglo los próceres de la nueva técnica, sus inventores, cuantos perfeccionaron sus rudimentos, los Niepce, Daguerre, Fox Talbot, sus esforzados discípulos, divulgadores de vanguardia, y del prestigio eminente de la eclosión, indisputable sólo para esos pocos se pasó a una rápida difusión, prorrateándose después hasta el diezmo con su posterior popularización —la consiguiente magnificación hasta la nada: las cámaras al alcance de cualquier pequeñoburgués caprichoso—; caso aparte, asimismo, los espíritus innovadores que desbrozaron sendas indecisas por el umbral del siglo, los que andando éste fueron precoces persuadidos de la enorme virtualidad artística de aquel oficio moderno —aquella mítica agencia Magnum, con  Capa, Henri Cartier-Bresson, David Chim Seymour, George Rodger y Bill Vandivert  como fundadores—, o quienes fatigaron caminos y se entregaron a explorarlos con fe ciega —muchos de los cuales, por cierto, hoy nos son desconocidos, son sólo nombres mencionados en alguna reseña de arduo acuse o no han llegado hasta nosotros con la profusión de otros, no tan finos avizoradores o nada aventureros del arte—. Hechos tales descartes, no nos queda sino la generalidad, que es pedestre, y ni apunta lejos ni ventea intangibles.

En consecuencia, el grueso de los practicantes se ceñiría a la actualidad de lo que tenían entre manos, su interés inmediato. Y la pervivencia que reconocían a su labor sería la misma que atribuirían al periódico que la recogía ese día, en los casos en que tal fuera su finalidad, es decir, el hoy más rabioso, casi ninguna. Tampoco existía un precedente: la (indiscreta) fidelidad fotográfica es muy joven todavía, camina  torpe y su probidad   —desconocidos los montajes, los amaños, a excepción del inminente coloreo— cercena muchas de sus más metastásicas posibilidades. Muy especialmente, en unos tiempos en que no estaban las tendencias para aceptar la realidad pelada como arte; circunstancialmente ni como realidad, según pareceres de siempre, tan groseros como dinámicos, para los que resulta intolerable cualquier liberalidad en la difusión de ciertos hechos, aunque palmarios, contestados y aun perseguidos por calumniosos (hoy de eso, el gañán más despistado sabe latines).

Ni que decir quienes tocaban mayormente el palo de las conmemoraciones o se trabajaban el estudio de barrio, los encargos  —lidiando en bodas (faenas cortas), con retratos de aquellos que se hacían tres en toda una vida, fotografiando niños de corta edad en pelotas (un género posterior, de tan prolífico vicioso: hoy penado)—. A sabiendas de que su tarea consistía en tratar de inmortalizar lo que les ponían por delante, monetarizando esas remembranzas y haciendo arqueo después, a buen seguro rasarían la vigencia de lo manufacturado con la de la generación en curso, y en calidad de recuerdo al que acogerse mientras durara, no más concedería su intuición.

No es reciente sin embargo, nuestro hábito de recuperar cuantas podemos, nos interesan la mayoría. Bendecimos la instantánea del propio abuelo rodeado de colegiales en guardapolvo —baberos a los que no les quedaban ni tres lavadas—, y no por mera pasión parental. La de los del curso de tal a tal año, una treintena de escolares viejos, alineados por estaturas delante de la puerta del colegio, en un solar lindero que haría las veces de patio. Escalonados con el auxilio de largas bancadas suplementarias para evitar que alguna cara quedase oculta. El cuadro repleto de ellas, cuatro o cinco superpuestas en cada fila, la genética desmelenada y desbarrando a trancos su impronta entre tanto proyecto inculto de semblante: lo rústico y lo indocto en una misma careta; caras difíciles, definitivamente abruptas y con apéndices muy sobresalientes. Quien su cardenal, quien su costurón, quien su yeso y una obvia procacidad flotando en el aire, que ha salido fresco en la foto y les atiesa las orejas, les tonifica las cocorotas esquiladas y tensa sus pescuezos, sin llegar a disipar un cierto pitorreo residual —la algazara de la acomodación quizá, sofocada a duras penas por la presencia disuasiva del fotógrafo—. Todos esperando el flash. Tras cuya maravilla quedaría inaugurado el curso, su tren encarrilado, a punto el traqueteo fácil y repetitivo que pudiera producir su maquinista: ese maestro que custodia al grupo con cara de presidiario ágrafo y planta de leñador, contraviniendo con la paradoja de su aspectoun cuadro tan compuesto.

Ni a esa foto, le negaríamos hoy algún valor documental.

Cada conjunto, en su contexto se hace finalmente coherente, pues, se abre camino y gana su halo de prestigio, en ocasiones a pesar de su propia parquedad, de las insuficiencias del lenguaje. Por eso no era errática la idea del acopio como fin. Pensemos si no, en la modesta mirada  —¿la modestia de miras?— y la disciplina de Auggie Wren,  en Brooklyn, para fotografiar cada mañana a las ocho en punto la esquina de la calle 3 con la Séptima Avenida, el lugar de su trabajo —el otro, el de producción tan perecedera y fumosa—, la fachada de la Brooklyn Cigar Co. Más de cuatro mil auroras, festivos incluidos; jamás se tomaba vacaciones Auggie que lo alejaran de su barrio una hora más de esas veinticuatro, lo cual, justo es decirlo, tampoco significaba grave renuncia para él, un recalcitrante sedentario de los que ralean pero resisten en algunos barrios de las grandes ciudades Que no se conciben a sí mismos fuera de ese hábitat recoleto y recolado que nunca agotarán. 

Siempre puntual y dispuesto Auggie ante su trípode y su cámara, para registrar el mismo cuadro y los personajes que espontáneamente lo recorren. Figurantes casuales que dejarán de serlo a las ocho en punto, cuando él apriete el disparador y los fije como protagonistas indelebles de ese día. Lluvia, frío, nieve; mañanas calimosas que prometen un calor que derretirá el asfalto, mañanas frescas que ya pretenden la primavera, o nebulosas, apagadas e interiores.



Un tratado sobre el calmo, el dilatado decurso, la misteriosa inmediatez, cuyo sentido paraliza al bueno y melancólico de Paul, 
su amigo el escritor, como a tantos. Pero no a Auggie.

Un tomo por año. Catorce álbumes: de 1977 a 1990. Cinco millares de veces un idéntico cuadro, pero jamás el mismo. Y no sólo por la diversidad relativa de esas gentes que aparecen y acaso reaparecen novecientos días después, entonces en camiseta, ahora abrigados o resguardándose del aguacero en un portal; no sólo por el secreto carácter que otorga alguno de los personajes a ese día, por cómo describen la mañana con su mera presencia, el modo en que su anónima relevancia viste la imagen de la jornada. Miles de veces capturado lo inaprensible En un demorado relato, la levedad del suceder, la sublimidad de matices de lo cotidiano congelada, aprehendida por una vez en un lugar al menos, un instante.(*)

Bravos fotógrafos también, aquellos otros que arrastraron sus cámaras hasta la orilla misma de la guerra del catorce, hasta sus trincheras colmadas de cadáveres latientes. O con esos u otros soldados todavía vivos, en esas u otras trincheras, transpirando el pánico tardío de su uniformidad, sumidos en la espesa enruna de los acontecimientos. Ojos exangües, hastiados de lo inaudito, que miran a quien los capta con un  resentimiento descaminado; acaso presumiéndole ajeno al inminente turbión de metralla: un relator loco, inasequible al zarpazo sibilante de los obuses. Los que siguieron la estela de penalidades que dejaban  los ejércitos serbios, rumanos,  búlgaros,  en retirada al paso por ciudades indecibles y campos en su primavera de rastrojos, cascos muertos, humo y espinos.

Los que pararon en pueblos bien zurrados, rendidos y vueltos a rendir, para verles despabilar al miedo en otro rebato de tropas, carros y camiones. Encrucijadas de conmoción, acudideros de todas las venturas, sedes de un tiempo pasivo en su debate insomne, crucial, entre el lúgubre vacío de lo ido y el temible agüero de otro advenimiento semejante.  Quienes volvieron a dar con una cualquiera de tantas calzadas de carretas renqueantes y se dejaron ir por ella, furgones casi indistinguibles bajo el alud de intendencia chusca y aparatosa, camiones con alegres heridos de regreso que anhelan esa cámara que les designa supervivientes. Carretones de necesidad por los caminos del hambre, y toda la ingente y mustia marcha de infanterías diezmadas y paisanos errantes acompañándose en su triste retirada. Apenas esa pausa quebradiza en mitad del ronco suceder. Y un idéntico horizonte de desánimo escrito con alambre.

Los que estuvieron el día y la hora precisos para captar una calma increíble, esa paz extraña de los únicos momentos asibles entre los muchos largamente soñados; un tiempo primordial de menudencias gratificantes, de curas,  remiendos, composturas y sólo un rumor lejano, poco más o menos el silencio, para reencontrarse cada quien con aquel que ya se olvidaba que se era. Para ver al otro quizás e imaginarlo con dificultad en aquellos lugares que menciona siempre, para poner relieve a sus sitios, rostro a sus nombres, interesarse por lo suyo aun a riesgo de tener que recogerlo una noche entre las líneas y no olvidarlo jamás. Jóvenes soldados con sonrisas maltrechas, trepados a extraordinarios útiles de guerra o mostrando a la cámara fetiches y mascotas inverosímiles —cuarzos, cuernas, topos, ratas o musarañas—. Besos fáciles de extranjeras que lo único que quieren es salir de aquel decorado doliente de ruinas nuevas ya venerables. Grupos de hombres y mujeres en su verbena de banderitas, cogidos por el brazo y cantando, gritando el final de la guerra, riendo el fin de las guerras por los bulevares parisinos y las calles de Londres. Cantando a un futuro que espigar entre los censos de bajas, un futuro en remoción desde la nada y sin los mejores. Y hacia una eternidad de caminos, de trenes en vía muerta, la larga travesía de registros, fielatos, límites y colas. Inacabables hileras de la tisis y mucha sopa de pena, Un mar de ausencia, polvo y cacerolas, demolición y escarcha. Sólo a veces, una tímida alegría acorralada.

Un fotógrafo para todas las guerras o tantos fotógrafos para la que siempre es la misma. Un mismo reportaje vale todas. Cada uno de esos instantes capturados nunca termina de desvitalizarse, cada una de las historias inauditas que encierran, parecen cobrar irrealidad como esas tierras de fondo, heridas y pobladas sólo de negros esqueletos de árboles, patéticos tullidos en su orografía de escombros, zanjas y socavones, pero que, de pronto, se reactiva el hechizo ante una nueva mirada, para conmover al observador menos sensible.

Nada que ver ese aspecto documental, de testimonio gráfico, con el trabajo del fotógrafo alemán que me interesa comentar aquí, Daniel Luther Bash; quien también se toma muy literalmente, muy a pecho la realidad, la capta de manera muy brillante y sin embargo nos la devuelve otra, aun a pesar de esa fidelidad, acaso sólo aparente. Luther Bash, se reconoce discípulo del polaco Roman Loranc y del austriaco Ernst Haas  —quien sería invitado junto a Werner Bischof a unirse a la mencionada agencia Magnum, convirtiéndose ambos en los primeros fotógrafos integrados en ella desde sus orígenes, aparte de los fundadores.


En la obra conocida de Daniel L.B., efectivamente, hay rastro de ambos. En una primera impresión, huellas quizá de la asombrosa técnica para el paisaje de Loranc, su capacidad de sobrecoger al observador con una toma neutra, de inspirar dramatismo a una escena rural, en principio inocente. Trazas también de la portentosa locuacidad de Hass, su depurada y sugestiva capacidad para la narración, sus dotes para lo discursivo  tras una cámara. Más versátil y también más difundido éste, quizá por su variedad temática y su interés por el cine, además del marchamo generador de expectativas que significó su inclusión en Magnum —en su caso satisfechas sobradamente—, más que agencia, ágora donde se encontraron tan diversos conocimientos, tan dispares e influyentes creadores en ese medio como para alzarlo, junto a otros pero muy significadamente, hasta las más prestigiosas atalayas artísticas. 





















Ernst Haas  

Ernst Haas  
























Roman Loranc

Roman Loranc

Luther Bash, no sólo muestra detalles de estos dos grandes mentores a los que se acoge, sino que tiene algo que lo hace genuino. Es la suya una mirada peculiar que viste la realidad con atributos extremos: o inquietantes o casi sedantes, de forma alternativa. Atributos que no parecieran hallarse en lo retratado, pero él los encuentra  y  nos devuelve  un cuadro  con otra realidad que emerge, alterada: bien cargada de dramatismo y con la sugerencia implícita de un relato emocionante, bien con una sensación ante ella próxima a la suspensión, al equilibrio, a la sosegada nulidad. 

Ver: LutherBash


Hay que subrayar  —no se le exige, pero sí se agradece —lo bien que titula Luther Bash, cosa nada fácil y al alcance de muy pocos artistas plásticos y fotógrafos, cuyos títulos suelen ser meras descripciones de lo que, efectivamente, uno esta presenciando: "Niño con melocotón", "Mujer dormida", No espere el lector encontrarse otra cosa que un niño con un melocotón y una señora sesteando. Para ese viaje no se precisan alforjas. Es mejor titular: 1, 2, 3... Luther Bash, en general, titula de manera sugerente e imaginativa, seguramente porque su fotografía es conceptual y lo requiere, le ayuda a distanciarse de aquello que aparenta pero no es. (**)

La pintura figurativa de Montserrat Gudiol, interesada fundamentalmente por la  pasión  de los personajes,  por el relato psicológico que quiere mostrarnos de ellos, sólo se aplica a la precisión del realismo, al principio lo decíamos, en aquellos aspectos que le sirven para evocarlosDesinteresándose de cualquier otro detalle o aspecto irrelevante para ella. Cualquier matiz superfluo para sus fines quedará desdibujado, lo dejará perder y confundirse.  Hasta los escasos paisajes por los que se interesó, pese a la fidelidad conseguida, aparecen recorridos por un filtro de subjetividad, de consciencia. Son paisajes no tan físicos como espirituales.

Hija del historiador del arte Josep Gudiol Ricard, criada en el taller familiar dedicado a la restauración de pintura medieval, entre tablas pintadas en pos de aquellatercera dimensión tan cara y evanescente, como al hijo de un ebanista el aroma de colas y viruta de maderas originarias de países lejanos, a Montserrat Gudiol, nacida en Barcelona en 1933, no podía resultarle extraña su vocación por la pintura primero, y que aquella iconografía que la rodeaba, como la que encontraría en los libros utilizados por sus familiares para documentarse —una pugna por la perspectiva, de comprensión seguramente más directa para una niña sensible y despierta como sin duda sería ella—, no acabara por formar parte de su imaginería de artista, su lenguaje plástico posterior. 


Hacia la mitad del siglo trabajó un tiempo con el pintor Ramón Rogent, un pintor influenciado por Picasso y por Matisse que quizá la introdujera en la obra del genial malagueño, cuyas etapas azul y rosa es evidente que la influyeron, quizá tanto como el Trecento italiano y, de él,  Giotto especialmente. Con el primero hay coincidencia en los temas de esas etapas:  vejez, ceguera, enfermedad, contrapuestos a juventud, belleza, amor —no extrañamos ni el tema de la maternidad: "Maternidad" (1901)—, y también esa cierta languidez que acusan los personajes exhibidossus fondos difuminados, o un interés grande, que en ella será casi exclusivo por las figuras humanas, en Picasso tratadas en ocasiones con un cierto patetismo, en el de Montserrat Gudiol, en grado sobresaliente.












Maternidad (1901)


De Giotto di Bondone,  el pintor (escultor y arquitecto) que inauguró lo que la posteridad conocería ya como pintura renacentista, de una enorme vigencia a lo largo de todo su desarrollo, y al que se considera clara referencia también para Montserrat Gudiol, es cierto que encontramos huellas nítidas en el tratamiento del color y también en la conformación de las figuras; un cierto aire de familia en la estilización de las imágenes, que les otorga trascendencia, que pierden fisicidad para ganar  espiritualidad, como encontraremos también de manera más marcada en toda la obra de Gudiol. 












«La donación de la capa», 1297-1299, fresco, 270 x 230




«Lamentación sobre el Cristo muerto», 1305


Figuras que en muchos casos se  difuminan y son asimiladas con el fondo del lienzo o de la tabla, apenas una lánguida silueta bien trazada, a veces sólo de algunos rasgos y visajes  que así quedan remarcados contra lo que ya sólo es un espejismo, algo impreciso que se nos desvanece. Personajes indolentes, siempre introspectivos son los protagonistas, prácticamente en toda la obra de Gudiol. Imágenes que detienen el tiempo o que parecen más bien intemporales, que están fuera de él, como penando. Muchas de ellas ciegas, o mirando extenuadas y trasladando su incomunicación al observador, aun cuando aparezcan en parejas. Remarcable que los besos o las caricias en las parejas sean dados y recibidos con un rictus de dolor. Y aquellas presencias que sí pueden ver, lo hacen perplejas, miran absortas, en buena medida transmitiendo también un cierto estupor, un mudo pasmo.

Un universo de un acusado hieratismo, en mitad de la nada más silenciosa y abrumadora

El del silencio es un rasgo que comparte con Luther Bash. Un atributo que recorre la obra de ambos, señaladamente. Ambas obras, pieza por pieza, son una invitación al mismo. Silencio invocado, que en el caso de la pintora resulta casi físico, puede oírse aturdiendo o sosegando a sus figuras, en todo caso abandonándolas a su soledad, apenadas, tristes. Criaturas silentes, siempre ensimismadas y reflexivas, con una amargura latente. Sus maternidades transmiten pesar, preocupación; cansancio en los niños cuando nos muestra sus rostros. Y si bien, Gudiol, en ocasiones introduce guiños surrealistas, las situaciones reproducidas más próximas o influidas por ese estilo no le sirven para mermar severidad al conjunt, sino en todo caso para acentuar todavía más el patetismo de la situación.

Notable la elegancia de las manos de Gudiol, su protagonismo definitorio en todos los personajes; también los pies son cuidadosamente tratados cuando los muestra en sus lienzos. Paradójicamente, en el cuadro de la mujer desnuda yacente nos oculta manos y pies entre las hojas.

En la década de los sesenta M. Gudiol se profesionaliza. En esta y la década siguiente hace grabados al aguafuerte y sus primeras litografías. Su obra comienza a crecer con óleos sobre tabla y lienzo en años sucesivos, y ya se sucederían las exposiciones por diferentes ciudades de España, Europa, EE.UU. y Canada. En 1981 se convirtió en la primera mujer que ingresó en la Real Academia Catalana de Bellas Artes de San Jordi. (***)




(*) Smoke (1995) Waine Wang/ Paul Auster. Con Harvey Keitel (Auggie Wren) y W. Hurt (Paul).
(**)  Todo lo reproducido de Luther Bash ha sido obtenido vía internet.
(***) Sobre M. Gudiol, los datos biográficos y las reproducciones se han obtenido de su web-site oficial.