“Las mitologías fundamentales elaboradas en
Occidente desde comienzos del siglo XIX no sólo son intentos de llenar el vacío
dejado por la decadencia de la teología cristiana y el dogma cristiano. Son una
especie de teología sustituta. […] En
otras palabras, cuando consideramos el marxismo, cuando observamos los
diagnósticos freudiano o junguiano de la conciencia, cuando consideramos la
explicación del hombre ofrecida por lo que se denomina «antropología
estructural», cuando analizamos todo eso desde el punto de vista de la
mitología, lo vemos como una totalidad, como algo organizado canónicamente,
como imágenes simbólicas del sentido del hombre y de la realidad.”
En una obrita de
apenas 120 páginas, resultado de la transcripción de unas conversaciones radiofónicas
en la BBC , durante
el otoño de 1974, el siempre excelente Steiner, a partir de esa primera
aproximación en el capítulo inicial, se apresta a poner en su lugar
correspondiente, el de mitologías okupas,
a los tres grandes —colosales— edificios intelectuales del pasado siglo, aparecidos
en su opinión como reacción al vacío que supuso la muerte de Dios; nacidos de ese humus intelectual que fue la Nostalgia de lo absoluto*, que es como tituló este genio todavía vivo, el clarividente
opúsculo.
A quince años de la entonces
impensable Caída del Muro de Berlín, que nunca fue caída sino minuciosa y detenida
demolición ciudadana, Steiner, quien por aquel entonces debió de padecer
tremendas invectivas y descalificaciones por mostrar su oposición y no comulgar
con tan sólidos y monumentales
baluartes intelectuales, ya se preguntaba a propósito del marxismo y alguna de sus
conocidas realizaciones:
“… por qué muchos de los hombres jóvenes más
valiosos de las generaciones pasadas, ante la evidencia absolutamente
aplastante de los campos de concentración, ante el estado policíaco tal vez más
brutal que se haya conocido nunca, ante el cesarismo asiático de Stalin,
continuaron sin embargo sirviendo a esa causa, creyendo y muriendo por ella.”
El lúcido pensador nacido
en París en el año 1929, en una familia de judíos vieneses, salvada del
holocausto poco después gracias a la aparentemente ciega determinación de su
padre por abandonar su privilegiado status en Francia para huir a los EEUU —quien,
al decir de Steiner, era capaz de leer la
historia mientras ésta se iba produciendo—, sin negarles su enorme valor como
cauce liberador en algunos aspectos, como inmensas formulaciones de la mente
moderna que fueron, acaso como contrapunto necesario, señaló esas tres mitologías con pretensiones
científicas —marxismo, psicoanálisis y estructuralismo— y a sus tres profetas,
Marx, Freud y Lévi-Strauss —no por casualidad los tres judíos: herederos a su
pesar de todo el corpus teológico que intentarían sustituir—, para mostrarnos precisamente
la falsilla oculta que en las tres evidenciaban enormes paralelismos con la fe
que trataban de negar o de inculpar.
De las tres
mitologías, por denominarlas como hizo el gran Steiner, ha sido la marxista y
sus prolíficas incardinaciones políticas la que, obviamente por esa praxis
consiguiente, más dolor ha causado y más pobreza ha repartido casi por doquier
en el mundo, desde aquella primera versión improvisada en el otoño de 1917.
Hasta hoy, cuya
pervivencia como parodias chabacanas, casi soeces de todas las precedentes, no las
edulcora ni las convierte en menos peligrosas y lacerantes, muy especialmente las
vigentes en un continente, el americano que, de no haberlas reproducido o no
haber sufrido su tóxica influencia —alentada primero por los rublos soviéticos
y después por el petróleo venezolano—, muchos de sus países hoy podrían gozar
de unos niveles de desarrollo acordes con su potencial y no, precisamente,
contradictorios con él.
De la entidad del
materialismo histórico, su doctrina científica
central desde una consideración filosófica, de su fuste, ya se ocupó otro
grande del pensamiento del pasado siglo, Karl R. Popper, también judío de
origen austriaco —no es de extrañar el antisemitismo ya crónico de los vástagos
intelectuales de don Karl, el otro, el barbudo que no tuvo más remedio que hacerse
perdonar su origen—, eminente filósofo de la ciencia éste que, en otra breve
pero argumentativamente implacable obra, Miseria
del historicismo, laminó la castaña apriorístico-masturbativa de Mr. Marx,
con un desarrollo lógico inapelable en su construcción, casi matemático en su
exposición, y de resultados absolutamente demoledores para la causa marxista y
sus anhelos de aplicable universalidad.
La consecuencia de esa
deconstrucción popperiana a cincel y martillo no ha dejado lugar serio al que
acogerse en sagrado los irreductibles del mito, más allá de sombrajos dispersos
o someras excrecencias consecuenciales de aquel viejo intento del materialismo histórico.
Si acaso, convenientemente disfrazados, se han hecho fuertes en algún rincón
del revisionismo económico pseudomarxista, inasequibles al desmentido
persistente de los hechos.
Pero importa mucho hoy ese otro aspecto de lo mitológico en el que supo penetrar
Steiner: el marxismo como sustitutivo totalizante, como doctrina de lo absoluto
sucedáneo, capaz de explicarse o hacer coincidir cualquier aspecto de la
historia, cualquier forma o estadio en la civilización humana con ese sentido, otro, previamente transferido; esa
penetración como dogma y, por tanto, de la misma pasta que los dogmas
precedentes, el cristianismo el más potente de entre ellos; esa implantación como
religión laica —explicativa a mi juicio
del odio furibundo a la iglesia, su competencia en la tierra— cuya presencia va
abarcándolo todo, hasta alcanzar a colarse incluso en la más estricta intimidad,
como podrían acreditar los viejos militantes del comunismo previo al 89.
Ese Sindiós
cuyo credo, cuya fe inquebrantable es precisamente el más rabioso e
indeclinable ateísmo, ha sido el que más larga cola nos ha traído a los
coetáneos de las secuelas de su momento de máxima implantación en foros
culturales, educativos y casi en cualquier ámbito social, que podríamos situar allá
por los años sesenta del pasado siglo.
Una cola tal, que ya nos viene pareciendo inextinguible
a algunos, menos pacientes, a pesar de (o precisamente por) las palmarias y
desalentadoras noticias que se han ido sucediendo sobre los postreros intentos
de reconstruir aquella Arcadia Feliz preconizada desde entonces, con el
castrismo como guía ejemplar. Malas noticias, que cualquier visitante al sur
del río Grande en la América
actual puede constatar, como en ningún otro lugar del planeta. Una línea
divisoria, otro alto muro, esta vez de falsedades, que unos pocos países han
construido en detrimento del bienestar y la libertad de sus propios ciudadanos
primero, para acabar después dividiendo el continente en dos mundos, con sólo
algunos contados matices. En una parte, países serios que atienden sus deudas,
contienen el gasto y crecen, haciendo oídos sordos al populismo expendedor de
baratijas, trastos viejos y quincalla. Y en la otra, sátrapas o sultanas que
hacen todo lo contrario y conculcan en uno u otro grado la libertad individual
y colectiva de sus ciudadanos, además de abandonar las economías a su libre caída,
con datos espeluznantes de pobreza, exclusión social y represión política —porque
si es Arcadia, es feliz, por lo civil o por lo criminal.
Inopinadamente sin embargo, hasta este lado
del charco, hasta el viejo y destartalado caserón que habita esta Europa
crédula y descuidada, ha llegado y se nos ha colado dentro un viejo agente
patógeno, ya bien conocido y tratado adecuadamente antes, casi confinado en
lugares poco salubres y mal ventilados, pero sorprendentemente resistente, que
no reconocíamos porque regresa mutando a más ajado y revenido, más cutre y desmañado,
pero pleno de actividad contagiosa, y al que podríamos denominar “paleocomunismo
de vanguardia”.
Una vía hacia la felicidad universal a costa
de decir lo que convenga, ahora ya no predicada como una utopía de referencia,
inalcanzable, sino como una revancha inmediata. Como el reparto pedestre de
todo a lo que haya lugar, entre una turba de malcriados que culpan al sistema de su incapacidad, su nula
autoexigencia y sus quiméricas aspiraciones contrariadas. Una turba que casi no
conoció el NO como respuesta, y que en muchos casos son la consecuencia de la
soberbia adquirida tras tiranizar a unos padres parasitados, y en muchos más, tropa
sostenida con mimos de abuela, impresentable expediente educativo a rastras, ignaros
funcionales muchos, por ese sistema
al que ahora apedrean ciegamente, porque pueden, porque el sistema/abuela todavía se lo tolera.
Niñatos mal curados que se quejan de que otros
han tenido que marcharse, que emigrar para buscarse las lentejas que aquí no encuentran,
por culpa del sistema —y dale—, cuando
lo que hubieran tenido que hacer si valieran algo es largarse también ellos a
buscarse una vida que está infinitamente más fácil por ahí fuera de lo que se
la encontraron sus abuelos del pasado siglo, por esos mismos pagos.
Con una nueva versión del mismo discurso
ideológico de siempre, cogido con alfileres ahora, porque lo teórico está en
segundo plano, han aprendido a eludir los charcos casi húmedos todavía a los
que esas ideas funestas condujeron a sus predecesores. Ahora que la lucha de
clases no se la cree ni el que asó la manteca, se está contra la casta, esa especie de continuum social perverso, de aristocracia
malévola, que somos todos menos ellos y sus barandas. Luceros de un nuevo mundo,
poblado por felices simples y bondadosos cretinos que se saben la lección, por
breve.
Y lo cierto es que, en España, sin ser en
absoluto novedoso, ese término, Casta,
y esa idea, Podemos (con aquella),
han formado un binomio ganador, un acierto mercadotécnico que les ha reservado tantas
alegres sorpresas, como que les han robado el tiempo necesario para ocultar
algunos rastros ignominiosos en su trayectoria hasta el éxito: Un Millón
Doscientos Mil chalados que ya murmuran la lección.
Un verdadero acierto, porque ha comunicado, ha
puesto nombre al conjunto de tantos políticos encantados de haberse conocido,
cómplices por activa o por pasiva en tantos desmanes cometidos por los partidos
turnantes: el que venía de ser con su zetapresidente fantoche el gobierno más
torpe, mediocre y suicida que podamos recordar los españoles vivos, y el
gobierno actual, que por haber pintado con sus colores el mapa de España, tanto
en las generales como en las autonómicas, ha resultado ser el más cobarde,
mezquino y embaucador gobierno del que igualmente quedará memoria.
Con uno o varios casos de corrupción diarios y
un sistema financiero, el mismo que procura tanta liquidez al empresario, al
ciudadano en general como un establecimiento de ferretería; con unas entidades
que se copiaron entre si las malas artes, el latrocinio y que consintieron el asalto
de los políticos, vía butrón, al muñido flanco de las viejas,
otrora serias, sociales y eficientes Cajas de Ahorros, para repartirse la pasta
del milagro noventino entre todos.
Con la desvergüenza de ir entretanto trasladando
urbi et orbi aquel aire de nuevos
ricos con el que consiguieron marear al más humilde alcalde pedáneo.
¿Excepciones? Faltaría más. Pero el común de
estos que están en el machito o esperando subirse a él —para otro momento el
hallazgo de don Pedrogrullo, tras el de la susanidad—
brillan por su incapacidad de reacción, su nula entidad de líderes, su
mediocridad-lapa. No se columbra cabeza en el horizonte capaz de revolver el
calcetín con coraje, como toca, transmitiendo seriedad, rigor, verdaderas ganas
de adecentarlo todo, no a la manera lampedusiana en ciernes, para que todo siga
igual, sino por honradez, autoestima y pura necesidad e instinto de supervivencia.
Al precio que haya que pagar y sin ambages.
Nadie al aparato.
Son tan torpes e ineficaces, tan nulos y escondidizos, que podrían ser unos buenos paleocomunistas de
vanguardia.
“Los cultos de la insensatez, las histerias
organizadas, el oscurantismo, que se ha convertido en un rasgo tan importante
de la sensibilidad y la conducta occidental durante estas décadas pasadas, son
cómicos y a menudo triviales hasta cierto punto; pero representan una ausencia
de madurez y una autodegradación que son, en esencia, trágicas.”
Recuérdese: año del señor de 1974. Cuando en
las facultades no técnicas de la
Universidad , no se enseñaba otra cosa que marxismo.
*George Steiner: Nostalgia del Absoluto.
Siruela 2001. Biblioteca de Ensayo