El pastor afgano, o también lebrel o galgo
afgano fue un perro que estuvo muy de moda entre los más esnobs de los últimos
veinte años del pasado siglo. Sin que con tan escasos garbanzos podamos
acreditar puchero, yo conocí a un par de idiotas a rastras de su afgano. Me
parece que hoy aquello ha decaído bastante: no la tendencia, sino los
posibles para llegar a poseerlos comúnmente.
Se trataba de un perro
con una estampa de una elegancia excesiva, tanto por su pelaje como por su
tamaño e incluso su exótica inutilidad. No se le podía atribuir otro sentido
por estas latitudes que el de servir de bello complemento al paseante, hombre o
mujer, urbanos en todo caso. Un perro de caza —como hubiera sido lo
suyo— o sencillamente de campo, con aquellos moños expuestos a
aliagares, zarzales y demás posibles esquiladeros mediterráneos hubiera
sido imposible en su caso.
Valía un dineral además,
el capricho canino. Y no creo que su precio haya ido a menos, dado lo poco que
se ven hoy por nuestros parques. Esta es una hipótesis a ojo que no pienso
contrastar ni en la red ni en ninguna publicación especializada. Hágalo el
lector puntilloso si así le place o si la cuestión llega a inquietarle.
Aquellos bellos galgos
afganos.
Llegados desde sus
pedregosas, despobladas y yermas montañas de origen hasta estos destinos
nuestros en urbes europeas, americanas, para servir de complemento chic junto a piscinas, hamacas y demás
mobiliario veraniego, hoy, junto a sus amos respectivos, la
postal que componen sugiere una negra metáfora, a poco que aproximemos la
lupa de lo razonable a sus contornos.
El moderno Afganistán
obtuvo la independencia del Reino Unido en 1919. Aunque la fijación
de sus fronteras la consiguió de la ONU en 1946, fue en aquellos años
posteriores a la Segunda Guerra Mundial cuando el país comenzó a
verse cortejado internacionalmente por las dos grandes potencias
mundiales, ambas en pos de comprar su preeminencia mediante dispares ayudas
económicas al país. Un viejo sino que, desde la poderosa Persia a los mongoles
de Tamerlán, no abandonaría nunca a Afganistan.
Bajo el largo reinado
de Zahir Sha, una era de estabilidad que comenzara en los años treinta del
pasado siglo, la vieja influencia británica y la reciente norteamericana acabarían viéndose sin embargo
muy sobrepasadas por la soviética, desde mediados de los cincuenta hasta los
primeros años setenta, toda vez que la URSS comenzó a formar los cuadros locales
de funcionarios, las élites políticas, y a realizar obras públicas que
comunicaron básica y toscamente un país orográficamente complejo y muy atrasado
en tantos sentidos.
Más tarde, durante los
años sesenta, el propio Zahir Sha convirtió Afganistán en una especie
de monarquía parlamentaria en la que sólo un tercio de los representantes era
elegido mediante las urnas. Como en el resto del planeta, los sesenta fueron
años de contrastes, de polarización política —desde los yihadistas a los
comunistas—, con la consiguiente
inestabilidad que culminaría en el derrocamiento del rey por Mohamed Daud Khan,
quien proclamó la República y se mantuvo en el poder durante cinco
años, hasta que otro baranda, Nur Mohammad Taraki le puso el apellido Democrática, República
Democrática de Afganistan, lo que desde hacía tiempo era tanto como decir
dictadura comunista, prosoviética. Y sólo un año después, en 1.979 la URSS , para
que no quedaran dudas, decidió quedarse, invadiéndola con aquella finura que
caracterizaba a la potencia soviética y que, como bien saben hoy sus antiguos
hermanos ucranianos, es un estilo que todavía conservan en el Kremlin.
El resultado, tras una
década de soportar una guerra de guerrillas que desgastó a los soviéticos y los
ridiculizó como potencia, fue el sorprendente final de su retirada humillante y
definitiva en el año 1.989, con una URSS en vísperas de su desmembración.
Desde el momento de su
sovietización, Afganistán se convirtió en el tablero donde se dirimieron los
intereses estratégicos de las grandes potencias, el trasero intermediario en
donde ambas ejercitaban sus patadas mutuas. Con los americanos ayudando a los
futuros verdugos de Manhattan contra la invasora soviética, pero también con
tantos señores de la guerra oriundos con tan variados intereses: desde los
laicos a los más fundamentalistas, desde los proveedores de opio a los más
politizados. Todo lo cual desembocaría en un siniestro estado teocrático de
corte islamista, con los talibanes en el poder desde el año olímpico de 1.992 y,
aunque con focos insurgentes guerreando permanentemente y cuestionándoles el
poder, con Afganistán bajo la férula talibán hasta el nuevo siglo e incubando
el huevo de la serpiente con tan egregio huésped como Osama Ben Laden.
Desde aquella lejana
República Democrática, pasando
por la invasión soviética, el terror talibán, la intervención de la OTAN en 2.001, hasta nuestros días,
Afganistán, como tantos otros países depauperados con la inestimable y nunca
suficientemente ponderada ayuda de tirios y troyanos del primer mundo, no conoce tregua ni pausa en la
sucesión de sus desgracias. Su población —la desorientada, la embrutecida,
la masacrada suma de personas allí residentes— probablemente no recuerda lo que
es vivir apaciblemente, sin desgarradores atentados y sin el permanente sonido
de disparos como hilo musical ambiental.
La última desgracia,
esta natural, tan reciente
como el pasado dos de mayo, ha sido una catástrofe de dimensiones casi
inimaginables desde la perspectiva de los factibles propietarios de un pastor
afgano, lánguido y desubicado, pero elegante, de este lado del mundo.
En principio la noticia
era la muerte de unas Dos Mil
Quinientas personas, tras un
corrimiento de tierras que propició que acabaran sepultadas vivas bajo el
consiguiente alud de lodo y escombros que se les vino encima. En realidad dos
aludes, el primero que enfangó unas trescientas viviendas con sus habitantes
dentro, y un segundo que sorprendió súbitamente a quienes acudieron en masa a
intentar ayudar a los primeros siniestrados.
La noticia, tras el
ayuno de ellas propio del puente y sus consecuentes horas de dispersión y aislamiento
festivos, por casualidad, aparece ante mí el sábado día tres, el día en que
Reuters y otras agencias la dieron, en la página treinta de El
Levante-EMV.
Sin ánimo de señalar,
puesto que no hubo gran diferencia en el tratamiento displicente que de ella
dio la mayor parte de la prensa española, en la portada de la versión impresa
de ese día nada aparecía al respecto.
Con las deficiencias
propias de unas fotos hechas en la barra de una cafetería, como acto reflejo de
la propia incredulidad, véanse unidas, seguidamente, la que traía en primera
página aquellas noticias de importancia y la trigésima:
La versión digital y
nocturna de El Mundo del día tres, la recogía, tras muchas
otras al parecer mucho más relevantes, que no recuerdo. Al día siguiente, en
esa misma versión del periódico, ya no se le daba seguimiento. El Confidencial y otros medios digitales o no la
daban o la daban con la misma o menor relevancia que el anterior.
Quizá, de las
consultadas, fue la versión digital de El
País la que más se ocupó de
ella, aunque para tratarse de una catástrofe de esas dimensiones, siempre en un
tono menor. Lo hizo el mismo día tres y, si bien someramente, le dio
seguimiento al día siguiente.
Aunque, como suele
suceder, los números han bailado
—valga el negro símil—, merece repetirse: Más
de Dos Mil personas, hombres,
mujeres y niños, enterrados vivos bajo una masa de barro y cascotes, de piedras
y fango, ante la indiferencia generalizada, allí donde ubicamos nuestro primer
mundo. No hay vuelta de hoja: se trata claramente de cadáveres de saldo,
damnificados de medio pelo, de esos que no consiguen parar el bocado del
televidente medio habitualmente embutido con toda laya de barbaridades, ni mucho menos
conmueven a quienes en el periodismo de primera determinan el criterio de
prelación de unas noticias sobre las siguientes y las otras..., y las de más
allá (como la que nos ocupa).
La tragedia de Aab
Barik, en la paupérrima provincia de Badakhshan, por la tremenda cuantía de
víctimas, claro, pero sobre todo por la forma macabra, espeluznante de
producirse y, no menos, por la importancia otorgada al asunto por los medios
próximos, retrata al mundo de necios, consumidores de necedades que pueblan
—todos factibles propietarios de un bello afgano— nuestro empachado hábitat y su flatulento universo mental; aquí
donde cabe tal universo, pleno de palabras y expresiones autocomplacientes como solidaridad, sostenibilidad, sociedad del bienestar… Donde
podemos darnos ese lujo porque nuestro hilo musical es muy otro. Tan otro que
nos tiene aturdidos, ahítos de memeces, y alelados.
¿Demagógico?
Imagínese pues lo que
hubiera sucedido noticiosamente, cuál hubiera sido el tratamiento, si un avión, sólo uno de Air France, Lufthansa o
American Air Lines hubiera tenido un accidente, con las previsibles
consecuencias para el pasaje. O incluso sin ellas. ¿Página treinta?
Será difícil, a pesar de
tantos contingentes occidentales como han sido desplazados en los últimos años
a ese país y la beneficiosa impronta que allí han dejado, que se puedan
identificar a muchas de las mujeres que vayan hallándose a una profundidad de
diez, veinte e incluso treinta metros —hasta donde según cuentan las
autoridades locales es posible hallarlas— porque a las mujeres en Afganistán no
se las registra en censo alguno en el que figure su nombre.
Por ese asunto todavía
no tenemos que penar los eventuales propietarios de un bello lebrel afgano,
pero conviene que no lo olviden quienes demuestran esa filia por cualquier
religión de la que por fortuna nos hallamos librado por estos pagos: los
proveedores de mezquitas, los amigos de toda civilización por poco civilizada
que sea.
También ha resultado
conmovedor y nos ha llenado de orgullo primermundista, observar tantos esguinces
como han sufrido en su súbito sinvivir, todos esos ejércitos de burócratas,
oenegistas, militares; los ejecutivos de alto y medio pelo; los culidolientes
por el abuso al que se lo someten en toda gama de poltronas bien remuneradas,
sus jefes de chiringo; los reunidísimos consejeros de seguridad de la ONU —¡qué casa/casta esa!—; todas las
cumbres, cerros y montículos planetarios, reunidos sus miembros urgentemente,
informados por los anteriores, encerrados ellos hasta tomar una categórica
determinación y enseguida contárnosla —su propio ejército de portavoces—, sobre
cómo y con qué prolijidad de medios van a entregarse desde ayer al decisivo e
ineludible rescate, como único norte hasta su realización, de ese par largo de
cientos de muchachas que han sido raptadas en Nigeria para ser esclavizadas, de
manera inminente.
Trashojemos prensa.
Sentados.
Tal vez demagógico, pero
tremendo.