miércoles, 7 de mayo de 2014

AFGANOS

El pastor afgano, o también lebrel o galgo afgano fue un perro que estuvo muy de moda entre los más esnobs de los últimos veinte años del pasado siglo. Sin que con tan escasos garbanzos podamos acreditar puchero, yo conocí a un par de idiotas a rastras de su afgano. Me parece que hoy aquello ha decaído bastante: no la tendencia, sino los posibles para llegar a poseerlos comúnmente. 
Se trataba de un perro con una estampa de una elegancia excesiva, tanto por su pelaje como por su tamaño e incluso su exótica inutilidad. No se le podía atribuir otro sentido por estas latitudes que el de servir de bello complemento al paseante, hombre o mujer, urbanos en todo caso. Un perro de caza —como hubiera sido lo suyo— o sencillamente de campo, con aquellos moños expuestos a aliagares, zarzales y demás posibles esquiladeros mediterráneos hubiera sido imposible en su caso.
Valía un dineral además, el capricho canino. Y no creo que su precio haya ido a menos, dado lo poco que se ven hoy por nuestros parques. Esta es una hipótesis a ojo que no pienso contrastar ni en la red ni en ninguna publicación especializada. Hágalo el lector puntilloso si así le place o si la cuestión llega a inquietarle.
Aquellos bellos galgos afganos. 
Llegados desde sus pedregosas, despobladas y yermas montañas de origen hasta estos destinos nuestros en urbes europeas, americanas, para servir de complemento chic junto a piscinas, hamacas y demás mobiliario veraniego, hoy, junto a sus amos respectivos, la postal que componen sugiere una negra metáfora, a poco que aproximemos la lupa de lo razonable a sus contornos.
El moderno Afganistán obtuvo la independencia del Reino Unido en 1919. Aunque la fijación de sus fronteras la consiguió de la ONU en 1946, fue en aquellos años posteriores a la Segunda Guerra Mundial cuando el país comenzó a verse cortejado internacionalmente por las dos grandes potencias mundiales, ambas en pos de comprar su preeminencia mediante dispares ayudas económicas al país. Un viejo sino que, desde la poderosa Persia a los mongoles de Tamerlán, no abandonaría nunca a Afganistan.
Bajo el largo reinado de Zahir Sha, una era de estabilidad que comenzara en los años treinta del pasado siglo, la vieja influencia británica y la reciente norteamericana acabarían viéndose sin embargo muy sobrepasadas por la soviética, desde mediados de los cincuenta hasta los primeros años setenta, toda vez que la URSS comenzó a formar los cuadros locales de funcionarios, las élites políticas, y a realizar obras públicas que comunicaron básica y toscamente un país orográficamente complejo y muy atrasado en tantos sentidos.
Más tarde, durante los años sesenta, el propio Zahir Sha convirtió Afganistán en una especie de monarquía parlamentaria en la que sólo un tercio de los representantes era elegido mediante las urnas. Como en el resto del planeta, los sesenta fueron años de contrastes, de polarización política —desde los yihadistas a los comunistas—con la consiguiente inestabilidad que culminaría en el derrocamiento del rey por Mohamed Daud Khan, quien proclamó la República y se mantuvo en el poder durante cinco años, hasta que otro baranda, Nur Mohammad Taraki le puso el apellido Democrática, República Democrática de Afganistan, lo que desde hacía tiempo era tanto como decir dictadura comunista, prosoviética. Y sólo un año después, en 1.979 la URSS, para que no quedaran dudas, decidió quedarse, invadiéndola con aquella finura que caracterizaba a la potencia soviética y que, como bien saben hoy sus antiguos hermanos ucranianos, es un estilo que todavía conservan en el Kremlin. 
El resultado, tras una década de soportar una guerra de guerrillas que desgastó a los soviéticos y los ridiculizó como potencia, fue el sorprendente final de su retirada humillante y definitiva en el año 1.989, con una URSS en vísperas de su desmembración.
Desde el momento de su sovietización, Afganistán se convirtió en el tablero donde se dirimieron los intereses estratégicos de las grandes potencias, el trasero intermediario en donde ambas ejercitaban sus patadas mutuas. Con los americanos ayudando a los futuros verdugos de Manhattan contra la invasora soviética, pero también con tantos señores de la guerra oriundos con tan variados intereses: desde los laicos a los más fundamentalistas, desde los proveedores de opio a los más politizados. Todo lo cual desembocaría en un siniestro estado teocrático de corte islamista, con los talibanes en el poder desde el año olímpico de 1.992 y, aunque con focos insurgentes guerreando permanentemente y cuestionándoles el poder, con Afganistán bajo la férula talibán hasta el nuevo siglo e incubando el huevo de la serpiente con tan egregio huésped como Osama Ben Laden.
Desde aquella lejana República Democrática, pasando por la invasión soviética, el terror talibán, la intervención de la OTAN en 2.001, hasta nuestros días, Afganistán, como tantos otros países depauperados con la inestimable y nunca suficientemente ponderada ayuda de tirios y troyanos del primer mundo, no conoce tregua ni pausa en la sucesión de sus desgracias. Su población —la desorientada, la embrutecida, la masacrada suma de personas allí residentes— probablemente no recuerda lo que es vivir apaciblemente, sin desgarradores atentados y sin el permanente sonido de disparos como hilo musical ambiental.
La última desgracia, esta natural, tan reciente como el pasado dos de mayo, ha sido una catástrofe de dimensiones casi inimaginables desde la perspectiva de los factibles propietarios de un pastor afgano, lánguido y desubicado, pero elegante, de este lado del mundo.
En principio la noticia era la muerte de unas Dos Mil Quinientas personas, tras un corrimiento de tierras que propició que acabaran sepultadas vivas bajo el consiguiente alud de lodo y escombros que se les vino encima. En realidad dos aludes, el primero que enfangó unas trescientas viviendas con sus habitantes dentro, y un segundo que sorprendió súbitamente a quienes acudieron en masa a intentar ayudar a los primeros siniestrados.
La noticia, tras el ayuno de ellas propio del puente y sus consecuentes horas de dispersión y aislamiento festivos, por casualidad, aparece ante mí el sábado día tres, el día en que Reuters y otras agencias la dieron, en la página treinta de El Levante-EMV.
Sin ánimo de señalar, puesto que no hubo gran diferencia en el tratamiento displicente que de ella dio la mayor parte de la prensa española, en la portada de la versión impresa de ese día nada aparecía al respecto.
Con las deficiencias propias de unas fotos hechas en la barra de una cafetería, como acto reflejo de la propia incredulidad, véanse unidas, seguidamente, la que traía en primera página aquellas noticias de importancia y la trigésima:


La versión digital y nocturna de El Mundo del día tres, la recogía, tras muchas otras al parecer mucho más relevantes, que no recuerdo. Al día siguiente, en esa misma versión del periódico, ya no se le daba seguimiento. El Confidencial y otros medios digitales o no la daban o la daban con la misma o menor relevancia que el anterior.
Quizá, de las consultadas, fue la versión digital de El País la que más se ocupó de ella, aunque para tratarse de una catástrofe de esas dimensiones, siempre en un tono menor. Lo hizo el mismo día tres y, si bien someramente, le dio seguimiento al día siguiente.
Aunque, como suele suceder, los números han bailado  —valga el negro símil—, merece repetirse: Más de Dos Mil personas, hombres, mujeres y niños, enterrados vivos bajo una masa de barro y cascotes, de piedras y fango, ante la indiferencia generalizada, allí donde ubicamos nuestro primer mundo. No hay vuelta de hoja: se trata claramente de cadáveres de saldo, damnificados de medio pelo, de esos que no consiguen parar el bocado del televidente medio habitualmente embutido con toda laya de barbaridades, ni mucho menos conmueven a quienes en el periodismo de primera determinan el criterio de prelación de unas noticias sobre las siguientes y las otras..., y las de más allá (como la que nos ocupa).
La tragedia de Aab Barik, en la paupérrima provincia de Badakhshan, por la tremenda cuantía de víctimas, claro, pero sobre todo por la forma macabra, espeluznante de producirse y, no menos, por la importancia otorgada al asunto por los medios próximos, retrata al mundo de necios, consumidores de necedades que pueblan —todos factibles propietarios de un bello afgano— nuestro empachado hábitat y su flatulento universo mental; aquí donde cabe tal universo, pleno de palabras y expresiones autocomplacientes como solidaridad, sostenibilidad, sociedad del bienestar… Donde podemos darnos ese lujo porque nuestro hilo musical es muy otro. Tan otro que nos tiene aturdidos, ahítos de memeces, y alelados.
¿Demagógico?
Imagínese pues lo que hubiera sucedido noticiosamente, cuál hubiera sido el tratamiento, si un avión, sólo uno de Air France, Lufthansa o American Air Lines hubiera tenido un accidente, con las previsibles consecuencias para el pasaje. O incluso sin ellas. ¿Página treinta?
Será difícil, a pesar de tantos contingentes occidentales como han sido desplazados en los últimos años a ese país y la beneficiosa impronta que allí han dejado, que se puedan identificar a muchas de las mujeres que vayan hallándose a una profundidad de diez, veinte e incluso treinta metros —hasta donde según cuentan las autoridades locales es posible hallarlas— porque a las mujeres en Afganistán no se las registra en censo alguno en el que figure su nombre.
Por ese asunto todavía no tenemos que penar los eventuales propietarios de un bello lebrel afgano, pero conviene que no lo olviden quienes demuestran esa filia por cualquier religión de la que por fortuna nos hallamos librado por estos pagos: los proveedores de mezquitas, los amigos de toda civilización por poco civilizada que sea.
También ha resultado conmovedor y nos ha llenado de orgullo primermundista, observar tantos esguinces como han sufrido en su súbito sinvivir, todos esos ejércitos de burócratas, oenegistas, militares; los ejecutivos de alto y medio pelo; los culidolientes por el abuso al que se lo someten en toda gama de poltronas bien remuneradas, sus jefes de chiringo; los reunidísimos consejeros de seguridad de la ONU —¡qué casa/casta esa!—; todas las cumbres, cerros y montículos planetarios, reunidos sus miembros urgentemente, informados por los anteriores, encerrados ellos hasta tomar una categórica determinación y enseguida contárnosla —su propio ejército de portavoces—, sobre cómo y con qué prolijidad de medios van a entregarse desde ayer al decisivo e ineludible rescate, como único norte hasta su realización, de ese par largo de cientos de muchachas que han sido raptadas en Nigeria para ser esclavizadas, de manera inminente.
Trashojemos prensa. Sentados.
Tal vez demagógico, pero tremendo.